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Juegos Olímpicos

Jesse Owens en Berlín 1936: el atleta que desafió a Hitler

Jesse Owens ganó 4 oros en los Juegos de Berlín 1936 ante la mirada de Hitler, convirtiéndose en el símbolo más poderoso contra el racismo nazi.

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Agosto de 1936. El estadio olímpico de Berlín está repleto de 100.000 espectadores. Adolf Hitler ocupa el palco de honor, convencido de que el mundo va a ver la superioridad de la raza aria en forma de medallas. Entonces sale a la pista un joven negro de 22 años nacido en Alabama, hijo de aparceros, nieto de esclavos. En los días siguientes, Jesse Owens va a destrozar el relato nazi con cada zancada.

La Alemania nazi convierte los Juegos en propaganda

Cuando Berlín fue elegida como sede olímpica en 1931, Adolf Hitler no había llegado aún al poder. Cuando los Juegos llegaron, en 1936, el régimen nazi llevaba tres años en el gobierno y vio en los Juegos una oportunidad histórica: demostrar ante el mundo entero la supuesta superioridad de la raza aria.

Los preparativos fueron colosales. Se construyó un estadio para 100.000 personas, se encendió por primera vez en la historia el relevo de la antorcha olímpica desde Olimpia, y se instalaron cámaras de televisión experimentales para retransmitir algunos eventos. Leni Riefenstahl rodó “Olympia”, una película de propaganda de dos partes que se convertiría en obra de referencia del cine documental. Todo estaba pensado para que el mundo admirara a Alemania.

El plan falló desde el primer día.

Quién era Jesse Owens

James Cleveland Owens nació en 1913 en Oakville, Alabama, en el seno de una familia de aparceros afroamericanos. A los nueve años se mudó con su familia a Cleveland, Ohio, donde un maestro de escuela que no entendió bien su nombre al preguntarle sus iniciales —“J. C.”— lo apuntó como “Jesse”, y así se quedó.

Desde adolescente quedó claro que era un fenómeno atlético. En una sola tarde, en el campeonato universitario Big Ten de 1935, estableció cuatro récords mundiales en 45 minutos. Corría los 100 yardas en 9,4 segundos, saltaba más de ocho metros y corría los 220 yardas con vallas en 22,6 segundos. Los entrenadores de la época hablaban de él como si fuera de otro planeta.

Llegó a Berlín como favorito, aunque el sistema de segregación racial que vivía en su propio país hacía que muchos en Estados Unidos también lo miraran con indiferencia.

Los cuatro oros que hicieron historia

100 metros lisos: Owens ganó la final con un tiempo de 10,3 segundos, igualando su propio récord mundial.

Salto de longitud: Esta fue la prueba más dramática. Owens cometió dos nulos en sus primeros intentos y estaba al borde de la eliminación. El alemán Luz Long —su principal rival— se acercó a él y le aconsejó que marcara su punto de impulso varios centímetros por detrás de la tabla para evitar otro nulo. Siguió el consejo, se clasificó, y en la final saltó 8,06 metros, un nuevo récord olímpico que le dio el oro.

200 metros lisos: Owens estableció un nuevo récord olímpico con 20,7 segundos.

Relevo 4x100 metros: El equipo estadounidense, con Owens como integrante, ganó el oro con un tiempo récord de 39,8 segundos.

La amistad con Luz Long: el rival que le tendió la mano

La historia entre Jesse Owens y el alemán Luz Long es una de las más bellas del olimpismo. Long era el rival más peligroso de Owens en el salto de longitud, un atleta rubio de Bremen al que los nazis habían convertido casi en personaje de cartel. Y fue precisamente él quien, ante las cámaras y ante Hitler en el palco, se acercó a Owens para ayudarle cuando más lo necesitaba.

Después de que Long ganara la medalla de plata —con Owens en el podio por encima de él—, los dos atletas caminaron juntos alrededor de la pista cogidos del brazo, conversando. La imagen fue captada por los fotógrafos y se convirtió en símbolo de que el deporte podía ser más grande que la política.

Owens escribiría más tarde: “Necesitaría fundir todas las medallas que gané en Berlín para tener algo que valga la mitad de la amistad que Luz Long me ofreció ese día.” Long murió en combate en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial. Sus dos familias siguieron en contacto durante décadas.

El “desaire de Hitler”: el mito y la realidad

Durante décadas, la historia popular ha contado que Hitler se negó a estrechar la mano de Owens, humillándolo públicamente. La realidad es algo más matizada.

El primer día de los Juegos, Hitler había felicitado personalmente a los atletas alemanes en su palco. El COI le advirtió de que debía saludar a todos o a ninguno. A partir del segundo día, Hitler dejó de recibir atletas en su palco. Cuando Owens ganó sus oros, ya no recibía a nadie.

El propio Owens lo aclaró en una entrevista: “Hitler me saludó con la mano y yo le devolví el saludo. Fue el presidente de mi país, Franklin Roosevelt, quien nunca me envió un telegrama de felicitación.” Owens llegó a los Juegos en segunda clase, mientras los atletas blancos iban en primera, y a su regreso a Nueva York tuvo que entrar por la puerta de servicio del hotel donde se celebraba la fiesta en su honor.

El regreso a América: la otra cara del racismo

La paradoja más cruel de la historia de Jesse Owens es que volvió a un país que le trataba con la misma discriminación racial que había dejado en ridículo en Berlín. No hubo recepción presidencial, no hubo carta de Roosevelt, no hubo grandes contratos.

Durante años, Owens tuvo que buscar ingresos compitiendo en exhibiciones, incluso en carreras contra caballos para ganar dinero. Llegó a declararse en quiebra en los años 50. Su situación fue mejorando gradualmente, pero el reconocimiento oficial de su patria llegó tarde: en 1976, el presidente Gerald Ford le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad. En 1990, diez años después de su muerte, el presidente George H.W. Bush concedió póstumamente la Medalla de Oro del Congreso a su familia.

El legado de Jesse Owens

Jesse Owens murió el 31 de marzo de 1980 en Tucson, Arizona, a los 66 años, víctima de un cáncer de pulmón provocado en parte por décadas de tabaquismo. Tenía cuatro nietos y había vivido para ver cómo el mundo empezaba, por fin, a reconocer lo que había hecho.

Su legado va mucho más allá del deporte. En el momento más oscuro de la Europa de entreguerras, un hombre negro de Alabama fue al corazón del nazismo y los hizo quedar en ridículo a base de puro talento. No disparó un arma, no pronunció un discurso. Corrió, saltó, y ganó. Y con eso fue suficiente para que el mundo entendiera que el relato de la superioridad racial no era más que una mentira.

Preguntas frecuentes

¿Cuántos oros ganó Jesse Owens en Berlín 1936?
Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro en los Juegos de Berlín 1936: en los 100 metros lisos, los 200 metros lisos, el salto de longitud y el relevo 4x100 metros. En el proceso, estableció tres récords mundiales y una marca olímpica.
¿Qué pasó entre Jesse Owens y Hitler en Berlín?
El relato popular dice que Hitler ignoró a Owens o se negó a felicitarle. La realidad es más compleja: Hitler había dejado de saludar públicamente a los atletas tras una reprimenda del COI al inicio de los Juegos. Owens declaró en varias ocasiones que fue el presidente Roosevelt quien nunca le envió un telegrama de felicitación.
¿Qué fue de Jesse Owens después de los Juegos de Berlín?
A su regreso a Estados Unidos, Owens no fue recibido por el presidente Roosevelt y tuvo que buscar trabajo en empleos menores. Años después fue reconocido con la Medalla Presidencial de la Libertad (1976) y la Medalla de Oro del Congreso (póstuma, 1990). Murió en 1980 víctima de un cáncer de pulmón.

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