Si el atletismo es el corazón de los Juegos Olímpicos, la natación es quizás el deporte donde la supremacía individual ha llegado más lejos. Michael Phelps, con 28 medallas en cinco ediciones, es la prueba de que un ser humano puede dedicar una vida entera a la piscina y convertirse en el deportista olímpico más condecorado de la historia. Pero la historia de la natación olímpica es mucho más que Phelps.
Los primeros tiempos: del mar a la piscina
En los primeros Juegos Olímpicos de Atenas 1896, las pruebas de natación se disputaron en el mar, en la fría bahía de Zea, con olas y corrientes que convirtieron las carreras en auténticas aventuras de supervivencia. El ganador de los 1.200 metros fue el húngaro Alfréd Hajós, que llegó a la orilla diciendo: “Mi voluntad de vivir superó completamente mi voluntad de ganar.” En París 1900, las pruebas se celebraron en el Sena, con currante incluida. Las piscinas cubiertas y climatizadas no llegaron al programa olímpico hasta los años 20.
La estandarización del deporte fue gradual. Los estilos de natación —mariposa, espalda, braza— se fueron añadiendo al programa olímpico a lo largo del siglo XX. El mariposa, considerado inicialmente una variante de la braza, se reconoció como estilo independiente en los Juegos de Melbourne 1956. Los relevos, las pruebas mixtas y las distancias más largas se fueron incorporando en distintas ediciones.
Mark Spitz: el hombre de las siete medallas de oro
Hasta que apareció Phelps, la figura dominante de la natación olímpica era el americano Mark Spitz. En los Juegos de Múnich 1972 ganó siete medallas de oro, las siete con récord mundial, en una actuación que se consideró durante treinta años como la más impresionante de la historia olímpica en un solo deporte.
Spitz era un nadador de una elegancia técnica poco común: su posición en el agua, su eficiencia de brazada y su velocidad en el giro de pared eran referencias que los entrenadores usaban como modelos. Además de los siete oros de Múnich, había ganado dos oros en relevos en México 1968. La imagen de Spitz con sus siete medallas alrededor del cuello se convirtió en uno de los pósters deportivos más vendidos de los años 70.
El efecto australiano: la potencia del Pacífico
Los años 90 y 2000 vieron el ascenso de Australia como potencia mundial de la natación. El sistema australiano, basado en un entrenamiento exhaustivo desde edades tempranas y en una cultura nacional de piscina, produjo una generación excepcional que brilló en los Juegos de Atlanta 1996, Sídney 2000 y Atenas 2004.
Kieren Perkins y Ian Thorpe fueron las figuras masculinas de ese período. Thorpe, apodado el “Thorpedo”, ganó cinco oros olímpicos entre 2000 y 2004 y rompió el récord mundial de los 400 metros libres en tres ocasiones. En categoría femenina, Dawn Fraser, Shane Gould y más tarde Leisel Jones en braza y la velocista Jodie Henry representaron la misma tradición de excelencia.
Michael Phelps: el extraterrestre de la piscina
Michael Phelps de Baltimore, Maryland, comenzó a competir en los Juegos Olímpicos con 15 años en Sídney 2000. Fue el nadador americano más joven en participar en unos Juegos en 68 años. No ganó ninguna medalla, pero dos años después, en el Mundial de 2001, ya era campeón mundial.
En Atenas 2004 ganó seis oros y dos bronces, rompiendo seis récords mundiales. En Pekín 2008, en la actuación individual más extraordinaria de la historia olímpica del deporte, ganó ocho medallas de oro, superando el récord de siete de Mark Spitz. En su victoria en los 100 metros mariposa ganó por tan solo siete centésimas al serbio Milorad Cavic. En sus siete primeras finales de Pekín, estableció siete récords mundiales. La octava medalla la ganó en el relevo 4x100 estilos, donde el equipo americano batió el récord mundial.
En Londres 2012 y Río 2016 continuó sumando medallas, aunque a un ritmo más humano. Se retiró en 2016 con 28 medallas olímpicas: 23 de oro, 3 de plata y 2 de bronce. Es el deportista más condecorado de la historia olímpica con diferencia.
Las razones físicas del éxito de Phelps han sido estudiadas extensamente. Su envergadura de brazos (201 cm, más de lo que correspondería a su estatura), sus pies excepcionalmente flexibles que actúan como aletas naturales, su torso desproporcionadamente largo y sus piernas cortas lo convierten en una figura anatómica diseñada para el nado. Pero sus entrenadores siempre han subrayado que la clave era su disciplina: durante años entrenó los 365 días del año, sin excepción.
Katie Ledecky: la reina del fondo
Si Phelps dominó la natación olímpica masculina, Katie Ledecky ha hecho lo mismo con la femenina, especialmente en las distancias largas. La nadadora de Maryland ganó su primer oro olímpico con 15 años en los Juegos de Londres 2012, un triunfo que sorprendió al mundo porque era completamente desconocida.
En Río 2016 ganó cuatro oros y fue reconocida como la mejor nadadora del mundo. Sus tiempos en los 800 y 1.500 metros libres siguen batiendo récords mundiales con regularidad. En los 1.500 metros libres, una prueba solo incluida en los Juegos desde Tokio 2020 (cuando se incorporó también la categoría femenina), Ledecky es la reina indiscutible.
En París 2024 añadió más medallas a su palmarés, consolidando su posición como la nadadora olímpica con más oros individuales de la historia. La fluidez y la eficiencia de su brazada han sido comparadas con las de Phelps: una técnica perfecta que le permite mantener velocidades que normalmente solo se consiguen en distancias cortas durante los 800 y 1.500 metros completos.
La polémica de los trajes tecnológicos
La historia de la natación olímpica incluye un capítulo polémico que cambió el deporte para siempre. En los Juegos de Pekín 2008 y en los meses siguientes, la introducción de los trajes de poliuretano de cuerpo completo provocó una avalancha de récords mundiales sin precedentes: en el curso de unos pocos meses se batieron más de cien récords.
Los trajes reducían la resistencia del agua, atrapaban burbujas de aire bajo la tela para aumentar la flotabilidad y comprimían el cuerpo del nadador mejorando su hidrodinámica. En esencia, mejoraban el rendimiento de forma artificial. La FINA (hoy World Aquatics) los prohibió a partir de enero de 2010, limitando los trajes a materiales textiles sin propiedades de flotabilidad.
El resultado fue que muchos récords establecidos en esa época siguen en pie más de quince años después, con los límites impuestos por los trajes siendo difíciles de superar con cuerpos humanos no asistidos. Es uno de los debates técnicos más interesantes de la natación contemporánea.