La velocidad es la prueba más primitiva y más fascinante del deporte humano. Desde que los primeros atletas compitieron en el estadio de Olimpia hace casi tres mil años, la pregunta siempre ha sido la misma: ¿quién es el más rápido? En los Juegos Olímpicos modernos, esa pregunta ha generado una secuencia de récords, escándalos y actuaciones que han redefinido lo que el cuerpo humano es capaz de hacer.
Los primeros tiempos: de 11 segundos al umbral de los 10
Los primeros cronometrajes eléctricos precisos en los 100 metros llegaron en los años 30. Las marcas de los primeros Juegos modernos, registradas con cronómetros manuales, tienen un margen de error considerable. Pero hay una tendencia clara: la evolución de los tiempos en los 100 metros a lo largo del siglo XX es un gráfico de mejora casi continua.
Jesse Owens ganó los 100 metros de Berlín 1936 con 10,3 segundos (cronometraje manual), un tiempo que en su época parecía el límite de lo posible. Treinta años después, en Ciudad de México 1968, Jim Hines se convirtió en el primer hombre en bajar de los 10 segundos oficialmente, con 9,95 segundos medidos electrónicamente. Fue uno de los hitos más esperados de la historia del atletismo.
La altitud de Ciudad de México (2.240 metros sobre el nivel del mar) favorecía las pruebas de velocidad al reducir la resistencia del aire. Sin embargo, el tiempo de Hines fue considerado legítimo y fue reconocido como el primer sub-10 oficial de la historia.
La carrera de Seúl 1988: el día más rápido y más oscuro
El 24 de septiembre de 1988 se disputó en el estadio de Seúl lo que los medios habían anunciado como “la carrera más rápida de la historia”: la final de los 100 metros con Ben Johnson, Carl Lewis, Linford Christie y Calvin Smith, cuatro de los cinco hombres más rápidos del planeta.
Ben Johnson, el velocista canadiense de origen jamaicano, salió de los tacos como un proyectil y cruzó la meta en 9,79 segundos, récord del mundo. En las fotografías de la llegada, Johnson miraba a Carl Lewis con una expresión de desafío. Fue el momento más electrizante del velocismo olímpico hasta ese momento.
Dos días después, el positivo por estanozolol destrozó la imagen de esa carrera. El oro pasó a Carl Lewis (9,92), que a su vez había dado positivo por pseudoefedrina antes de los Juegos pero el COI aceptó su explicación. La carrera de Seúl 1988 quedó como símbolo de la era del dopaje en el velocismo.
Florence Griffith-Joyner: la mujer más rápida de todos los tiempos
Florence Griffith-Joyner, conocida como Flo-Jo, es la velocista más rápida de la historia registrada. Sus marcas en el verano de 1988 —10,49 segundos en los 100 metros y 21,34 en los 200— siguen siendo los récords mundiales femeninos más de treinta y cinco años después.
En los Juegos de Seúl 1988 ganó los 100 metros con 10,54 segundos (el viento desfavorable en la final no permitió que igualara su récord mundial), los 200 metros con 21,34 segundos —récord mundial— y el relevo 4x100. Antes de llegar a Seúl, en el Campeonato Nacional Americano de julio de 1988, había corrido los 100 metros en 10,49 segundos con viento de apenas 0,0 metros por segundo: una marca que los expertos consideran imposible de explicar sin asistencia farmacológica.
Flo-Jo murió en 1998 a los 38 años de un ataque epiléptico, sin haber dado positivo nunca en ningún control antidopaje. Sus récords permanecen en los libros, rodeados de la misma nube de sospecha que los acompañó en vida.
Carl Lewis: la carrera perfecta de Atlanta 1996
Si hay una carrera de velocidad que la historia del atletismo recuerda como particularmente especial no por su resultado sino por su contexto, es el sprint de Carl Lewis en la final de salto de longitud de Atlanta 1996. Pero en velocidad pura, su legado está en la final de los 100 metros de Los Ángeles 1984, donde ganó el primer de sus nueve oros olímpicos con 9,99 segundos.
Lewis ganó cuatro finales de 100 metros olímpicos si se cuenta el oro “heredado” de Seúl 1988. Es el velocista masculino con más oros olímpicos de la historia en los 100 metros.
Usain Bolt: la redefinición de lo posible
Cuando Usain Bolt cruzó la línea de meta en la final de los 100 metros de Pekín 2008 mirando a los lados, reduciendo la velocidad antes de llegar y aun así marcando 9,69 segundos (récord mundial), el mundo del atletismo tuvo que reajustar sus expectativas sobre los límites humanos.
A diferencia de todos sus predecesores en el sprint, Bolt era un hombre de 1,95 metros con una zancada de más de 2,40 metros: más parecido a un saltador de longitud que a un velocista clásico. Ningún modelo teórico previo predecía que una persona tan alta pudiera ser el más rápido del mundo.
En el Campeonato del Mundo de Berlín 2009, Bolt estableció el récord actual de los 100 metros: 9,58 segundos. Una marca que en 2025 sigue siendo el récord mundial, dieciséis años después. En los Juegos de Londres 2012 ganó los 100 metros con 9,63 segundos (récord olímpico, ligeramente más lento que el mundial por las condiciones del día), dejando la competición a un segundo plano con su actuación y su carisma.
La imagen de Bolt posando con el gesto de “rayo” en la meta, con una sonrisa que dice “esto ha sido demasiado fácil”, es el icono visual del velocismo del siglo XXI.
Los 200 metros: el dominio de los Juegos de altura
Los récords olímpicos de los 200 metros masculinos tienen una particularidad: los mejores tiempos históricos fueron establecidos en Ciudad de México 1968, a 2.240 metros de altitud. Tommie Smith corrió la final en 19,83 segundos (récord mundial en su momento) con la ayuda de la altitud, y ese tiempo no fue superado en los Juegos hasta que Bolt lo batió en Pekín 2008 con 19,30 segundos (también récord mundial).
En categoría femenina, la dominante en los 200 metros ha sido una combinación de velocistas americanas (Valerie Brisco-Hooks en 1984, Flo-Jo en 1988) y jamaicanas en los años recientes.
¿Cuál es el límite humano?
La pregunta que los científicos del deporte llevan décadas intentando responder es: ¿hasta dónde puede llegar la velocidad humana en el sprint? Las respuestas varían según el modelo utilizado:
Estudios biomecánicos estiman que con una técnica perfecta y en condiciones ideales, un ser humano podría aproximarse a los 9,40-9,50 segundos en los 100 metros masculinos. Pero esto requeriría combinar la frecuencia de zancada de los corredores más rápidos actuales con la longitud de zancada de Bolt, algo que ningún atleta ha logrado todavía.
El récord de Bolt (9,58) sigue siendo el estándar más de quince años después. El siguiente hombre más rápido de todos los tiempos, el jamaicano Yohan Blake, está en 9,69. Esa brecha de 0,11 segundos —enorme en el contexto del velocismo de élite— sugiere que Bolt fue una anomalía estadística, un ser humano cuyas características físicas y técnicas se combinaron de forma perfecta para el sprint. El récord podría caer, pero nadie sabe cuándo.