La historia del parkour en España es la historia de cómo una disciplina nacida en las periferias de París cruzó fronteras y encontró en el entorno urbano español un hogar natural. Los edificios mediterráneos, las plazas abiertas, las escalinatas y los muros de los cascos históricos de las ciudades españolas resultaron ser un escenario perfectamente adecuado para una disciplina que solo necesita arquitectura y voluntad de movimiento.
Los primeros practicantes de parkour en España descubrieron la disciplina a través de los mismos canales que los demás europeos de su generación: el documental “Jump London” (2003), la escena de Casino Royale (2006) y sobre todo los primeros vídeos de YouTube que mostraban a traceurs de todo el mundo. En Madrid y Barcelona surgieron los primeros grupos organizados alrededor de 2005-2007, jóvenes que empezaron a entrenar juntos en parques y plazas, compartiendo lo que sabían y aprendiendo de los recursos disponibles en internet. Estos grupos informales fueron la semilla de la escena española del parkour: comunidades construidas sobre la pasión compartida, sin infraestructura ni reconocimiento institucional, que entrenaban por amor al movimiento y al desafío físico.
Con los años, la escena española del parkour maduró y se organizó. Aparecieron las primeras academias y gimnasios especializados en las principales ciudades, que ofrecieron un espacio de entrenamiento seguro para principiantes y contribuyeron a normalizar la disciplina entre la población general. La Federación Española de Parkour se consolidó como organismo representativo y comenzó a organizar competiciones nacionales, conectando a las comunidades de diferentes ciudades y abriendo una vía para los traceurs interesados en la competición. Paralelamente, se mantuvieron vivas las tradiciones de la cultura traceur original: los jams colectivos, los encuentros informales, la transmisión de conocimiento entre practicantes sin jerarquías ni barreras económicas. Hoy el parkour español convive en esa dualidad entre la institucionalización necesaria para el reconocimiento y la supervivencia del espíritu libre que lo vio nacer.