Los comienzos: un deporte que nadie veía
El rugby a 7 femenino existe desde mucho antes de que el mundo lo descubriera. En los años 80 y 90, las mujeres ya jugaban torneos de sevens en varios países, principalmente en aquellos con tradición rugbística fuerte como Nueva Zelanda, Australia, Canadá y algunas naciones europeas. Pero la visibilidad era casi nula: sin cobertura televisiva, sin circuito oficial, sin clasificación mundial y sin recursos institucionales.
El rugby femenino en general era un deporte invisible para los medios y para las federaciones. Las jugadoras de rugby a 7 femenino eran un subconjunto invisible dentro de ese conjunto ya invisible. No había contrato profesional, no había patrocinadores, no había estadios. Solo las jugadoras y su amor por el deporte.
Esto empezó a cambiar a finales de los años 2000, cuando World Rugby comenzó a organizar las primeras competiciones internacionales de rugby a 7 femenino con carácter oficial. El Campeonato del Mundo de Rugby a 7 Femenino, celebrado por primera vez en 2009 en Dubai, fue la primera gran plataforma para el rugby a 7 femenino internacional.
El circuito femenino: 2012-13, el punto de inflexión
El verdadero punto de inflexión llegó con el lanzamiento del HSBC World Rugby Women’s Sevens Series en la temporada 2012-13. Por primera vez existía un circuito regular de torneos femeninos con clasificación mundial oficial, puntos acumulables y una estructura profesional similar a la del circuito masculino.
El circuito femenino empezó con un número reducido de torneos pero creció rápidamente. La calidad de los partidos sorprendió a quienes seguían el sevens solo en versión masculina: las jugadoras de los mejores equipos mostraron un nivel técnico y atlético que no tenía nada que envidiar al espectáculo del sevens masculino.
Las grandes selecciones —Nueva Zelanda, Australia, Canadá, Estados Unidos, Francia e Inglaterra— se disputaban el título del circuito con partidos de alta calidad. Nueva Zelanda, con su potente base de desarrollo de jugadoras, era el equipo a batir, pero Australia tenía la capacidad para ganar en cualquier torneo.
Río 2016: el rugby femenino llega al mundo
Los Juegos Olímpicos de Río 2016 cambiaron todo para el rugby a 7 femenino. Por primera vez, las mejores jugadoras del mundo competían ante audiencias de cientos de millones de personas. El torneo femenino de Río fue seguido con interés en países donde el rugby nunca había tenido presencia, y las imágenes de las jugadoras celebrando sus tries llegaron a un público global sin precedentes.
Australia ganó el oro en Río, derrotando a Nueva Zelanda en una emocionante final. El equipo australiano, con jugadoras extraordinarias como Charlotte Caslick, demostró que el rugby a 7 femenino era un espectáculo de primera categoría.
El impacto de Río fue inmediato: en los años siguientes al torneo olímpico, decenas de federaciones nacionales que nunca habían tenido programa femenino de sevens lo pusieron en marcha. El número de jugadoras registradas en rugby femenino a nivel mundial creció de forma exponencial entre 2016 y 2020.
Tokio 2020: Nueva Zelanda y Portia Woodman hacen historia
En Tokio 2020, el torneo femenino de rugby a 7 fue uno de los eventos más seguidos de los Juegos. Nueva Zelanda ganó el oro derrotando a Francia en la final, y Portia Woodman se convirtió en la gran figura del torneo con una actuación brillante que incluyó varios tries decisivos.
Woodman, una de las mejores jugadoras de la historia del rugby a 7 femenino, ya era conocida en el circuito mundial desde hacía años, pero los Juegos de Tokio la llevaron a una dimensión de popularidad diferente. Su velocidad, su habilidad técnica y su capacidad para aparecer en los momentos decisivos la convirtieron en el referente femenino del sevens moderno.
El equipo neozelandés que ganó en Tokio fue el resultado de años de inversión, planificación y desarrollo. Nueva Zelanda había creado un programa profesional de rugby a 7 femenino con contratos profesionales, entrenadores especializados y un sistema de desarrollo desde categorías inferiores. Era el modelo que el resto de países comenzaba a intentar replicar.
El futuro: profesionalización y expansión global
El rugby a 7 femenino sigue en proceso de profesionalización. El número de jugadoras con contratos profesionales ha crecido significativamente desde Río 2016, pero todavía hay una brecha considerable respecto al mundo masculino en términos de recursos y visibilidad.
La inclusión olímpica ha sido el catalizador fundamental para el desarrollo del rugby femenino en todo el mundo. Países que nunca habían invertido en rugby femenino ahora tienen programas completos porque el sevens femenino es la vía de acceso al olimpismo. El efecto multiplicador del olimpismo sobre el deporte femenino es visible en el rugby a 7 con una claridad difícilmente igualable en otro deporte.