Durante décadas el rugby femenino existió en los márgenes del deporte: sin financiación, sin cobertura mediática y sin el reconocimiento de las propias federaciones que gobernaban el juego masculino. Las mujeres que querían jugar al rugby a finales del siglo XX lo hacían a pesar del sistema, no gracias a él. Hoy el panorama ha cambiado de forma radical: el Rugby World Cup Women’s es uno de los torneos más seguidos del rugby internacional y el rugby seven femenino es uno de los platos fuertes de los Juegos Olímpicos.
El camino hasta aquí fue largo, accidentado y protagonizado por jugadoras que construyeron el deporte con sus propias manos, muchas veces costeando sus propios viajes internacionales y jugando en campos prestados sin vestuarios adecuados.
Los primeros pasos: jugar a pesar de todo
Las primeras referencias documentadas a mujeres jugando al rugby datan de finales del siglo XIX en Gran Bretaña, aunque se trataba de eventos aislados y a menudo presentados como curiosidades o atracciones. El rugby organizado femenino comenzó a tomar forma en la década de 1960 en universidades británicas y norteamericanas, y en los años 70 y 80 surgieron los primeros clubes femeninos en países como Francia, Estados Unidos, Canadá y Nueva Zelanda.
La International Rugby Board, el organismo rector del deporte, ignoró sistemáticamente el rugby femenino durante décadas. Las federaciones nacionales seguían el mismo patrón. Las jugadoras organizaban sus propios torneos, financiaban sus propias giras y negociaban sus propios contratos con los estadios. Esta independencia forzada forjó una cultura de resiliencia y comunidad que todavía hoy define al rugby femenino.
El primer Campeonato del Mundo: sin permiso de la IRB
En 1991, un grupo de pioneras organizó el primer Campeonato del Mundo de rugby femenino en Gales y Estados Unidos sin el apoyo de la IRB. Doce selecciones participaron en un torneo que se financió a través de patrocinadores privados y la contribución de las propias federaciones nacionales. El nivel fue sorprendentemente alto, la organización fue impecable dadas las circunstancias y la final, disputada en Cardiff entre Estados Unidos y la Unión Soviética, se convirtió en un hito histórico.
La IRB no reconoció el torneo hasta 2009. En ese momento, de forma retroactiva y quizá avergonzada, la federación internacional certificó lo que las jugadoras ya sabían: que aquel torneo de 1991 fue un Campeonato del Mundo en todos los sentidos.
Las Black Ferns y la era dorada del XV femenino
Si los All Blacks son la referencia del rugby masculino, las Black Ferns de Nueva Zelanda han sido la selección dominante del rugby femenino XV. Con seis títulos mundiales (1998, 2002, 2006, 2010, 2017 y 2021), las neozelandesas establecieron un estándar de excelencia que el resto de selecciones ha tardado décadas en acercarse. Inglaterra y Francia han dado los pasos más firmes en esa dirección en los últimos años, haciendo el rugby femenino XV más competitivo que nunca.
El rugby seven y la revolución olímpica
La inclusión del rugby seven en los Juegos Olímpicos de Río 2016 fue el catalizador que el rugby femenino necesitaba. En un formato más dinámico, más televisivo y más accesible para el público general, las selecciones femeninas demostraron un nivel atlético y técnico que dejó boquiabiertos a espectadores que nunca habían seguido el deporte. Australia ganó el primer oro olímpico femenino de la historia del rugby y desde entonces el sevens femenino ha crecido exponencialmente en visibilidad, inversión y seguimiento mediático.
Los Juegos de París 2024 confirmaron esa tendencia: el torneo femenino de rugby seven fue uno de los eventos más seguidos de los JJOO, con estadios llenos y millones de espectadores en televisión. Lo que empezó en campos sin vestuarios y con viajes pagados de bolsillo había llegado, por fin, al escenario más grande del deporte mundial.