El contexto: Ciudad de México a 2.240 metros
Los Juegos Olímpicos de México 1968 se celebraron a 2.240 metros sobre el nivel del mar. Esta altitud tiene una consecuencia física directa: el aire es menos denso, lo que reduce la resistencia aerodinámica. Para las pruebas de resistencia fue un handicap severo (los corredores de fondo llegaban exhaustos), pero para las pruebas explosivas y de velocidad suponía una ventaja teórica de varios centímetros o décimas de segundo.
Sin embargo, ningún modelo científico de la época podría haber predicho lo que ocurrió la tarde-noche del 18 de octubre en el Estadio Olímpico Universitario.
La carrera de clasificación casi arruinó el día
Bob Beamon, entonces un joven de 22 años de Nueva York, casi no llegó a la final. En la ronda de clasificación cometió dos nulos consecutivos antes de que su compañero Ralph Boston —el recordman del mundo entonces— le susurrara que se retrasara en la tabla. El tercer intento fue válido y Beamon pasó a la final por los pelos.
El primer intento de la final
En la final, Beamon salió primero. Con viento de +2,0 m/s exacto (el límite máximo permitido para récord), realizó una carrera de aproximación perfecta y una batida impecable. El vuelo fue inusualmente largo. Al aterrizar en el foso, el propio Beamon no sabía qué había saltado.
Lo que ocurrió después se convirtió en una de las escenas más memorables de la historia olímpica: el sistema óptico de medición no tenía rango suficiente para medir el salto. El equipo óptico alcanzaba solo hasta 8,60 metros, así que los jueces tuvieron que buscar una cinta métrica manual de emergencia. Los atletas esperaban en la pista sin saber el resultado.
Cuando por fin se anunció la medida —8,90 metros— la mayoría de los presentes no lo podían creer. El récord anterior era de 8,35 m. Beamon había mejorado la marca en 55 centímetros de golpe, superando la distancia que los expertos esperaban que se alcanzara en el año 2000.
La reacción de Beamon
Cuando el atleta americano Ralph Boston le explicó la distancia en metros (Beamon pensaba en pies y pulgadas), Beamon cayó al suelo con las piernas dobladas, víctima de un episodio de cataplexia —una pérdida momentánea del control muscular inducida por emoción extrema—. Las imágenes de Beamon postrado en la pista, incapaz de procesar lo que acababa de hacer, forman parte de la iconografía olímpica.
«Beamonesque»: cuando un salto cambia el lenguaje
El salto de Beamon fue tan extraordinario que acuñó un nuevo adjetivo en inglés: beamonesque. La palabra se usa para describir cualquier actuación deportiva (o de otro ámbito) que supera de forma tan abrumadora los límites conocidos que parece pertenecer a otra era. No hay equivalente exacto en español, aunque «de otro planeta» o «fuera de la historia» se usan en ese sentido.
Otros momentos han sido calificados de beamonesque: el 400 metros de Michael Johnson en Atlanta 1996, el dominio de Usain Bolt en Pekín 2008, los récords de Duplantis en pértiga. Pero el término nació aquella noche en México.
23 años de inmortalidad
El récord de Beamon duró 23 años, desde octubre de 1968 hasta agosto de 1991. Durante ese tiempo, los mejores saltadores del mundo —Carl Lewis, Ralph Boston, Lutz Dombrowski, Larry Myricks— se acercaron sin batirlo. Lewis llegó a 8,91 metros, pero con viento excesivo.
El 30 de agosto de 1991, en el Campeonato del Mundo de Tokio, Mike Powell saltó 8,95 metros y le arrebató el récord. Irónico destino: el récord más espectacular de la historia fue superado en la competición más dramática de la historia del salto.
Pero el récord olímpico de Beamon —8,90 m— sigue en pie más de 55 años después, el récord olímpico más longevo de toda la historia del atletismo.