Amy Williams llegó al skeleton por un camino que se convertiría en el modelo del programa de skeleton británico: no venía del trineo sino del atletismo, y fue identificada por los cazatalentos de British Skeleton gracias a sus capacidades físicas como velocista y atleta de campo. Nacida en Bath, Somerset, en 1982, Williams destacó en el atletismo universitario como heptatlonista y velocista antes de ser contactada por el programa de detección de talentos de la federación británica de skeleton, que buscaba atletas con la combinación de velocidad explosiva, potencia de brazos y estructura corporal idónea para el deporte.
La transición de atleta de pista al canal de skeleton fue rápida y brillante. Williams aprendió a pilotar con una velocidad de asimilación que sorprendió a sus entrenadores y comenzó a escalar el circuito de Copa del Mundo con una consistencia que indicaba que había algo especial. Su capacidad de adaptar su técnica de sprint a la salida del skeleton —el factor que más separa a los pilotos en los primeros segundos del descenso— era excepcional, y sus tiempos de push se situaron sistemáticamente entre los mejores del circuito. En Vancouver 2010, Williams llegó como una de las favoritas, aunque no necesariamente la gran favorita, y demostró en las cuatro mangas que en el día decisivo era la mejor del mundo.
Su victoria en Vancouver fue especialmente emotiva por el contexto: Gran Bretaña no estaba viviendo sus mejores Juegos de Invierno, y la actuación de Williams fue la única medalla de oro individual del equipo británico en toda la competición. Las imágenes de su celebración en la pista, con el casco en la mano y la bandera Union Jack ondeando, dieron la vuelta al mundo y convirtieron al skeleton en un deporte conocido en Gran Bretaña como nunca antes. Este legado de visibilidad que dejó Williams fue el terreno sobre el que se cultivó la siguiente generación del skeleton británico, encabezada por Lizzy Yarnold.