Martins Dukurs es la figura más extraordinaria de la historia moderna del skeleton, y al mismo tiempo uno de los protagonistas de una de las paradojas más comentadas del deporte olímpico de invierno: el atleta más dominante de la historia de su disciplina en la Copa del Mundo nunca consiguió la medalla de oro olímpica. Nacido en 1984 en Sigulda, Letonia —ciudad que cuenta con una de las pocas pistas de deslizamiento de la antigua Unión Soviética y que es la capital letona del skeleton— Dukurs creció en el único entorno del país báltico donde era posible formarse como piloto de skeleton de élite.
La familia Dukurs es el epicentro del skeleton letón: el padre, Dainis Dukurs, fue pionero en el desarrollo del deporte en Letonia y entrenó a sus hijos Martins y Tomass para ser pilotos de élite. Este contexto familiar convirtió el skeleton en algo más que un deporte para Martins: fue su educación, su identidad y su proyecto de vida desde la infancia. Los resultados comenzaron a llegar con fuerza a partir de 2009, cuando Dukurs ganó su primer título de Copa del Mundo. A partir de ese momento, la Copa del Mundo masculina de skeleton se convirtió durante ocho temporadas consecutivas en un monólogo competitivo: Dukurs ganaba prácticamente en todas las pistas, en todas las condiciones, contra todos los rivales. Los márgenes de victoria eran a veces enormes, a veces milimétricos, pero el resultado final era siempre el mismo: el piloto letón en lo más alto del clasificador.
El contraste con sus resultados olímpicos es doloroso desde la perspectiva de Dukurs. En Vancouver 2010 fue derrotado por Jon Montgomery (Canadá) por unas pocas décimas en cuatro mangas combinadas. En Sochi 2014, con el mundo deportivo convencido de que finalmente era su momento, Alexander Tretiakov ganó el oro. Y en PyeongChang 2018, Yun Sungbin de Corea del Sur ganó ante su público. Dukurs ha ganado prácticamente todo lo que hay que ganar en el skeleton durante una carrera de más de quince años, pero el oro olímpico sigue siendo la casilla vacía de un palmarés por lo demás asombroso.