El skeleton es uno de los deportes de invierno con raíces más claramente trazables a un lugar y un período histórico concreto. Todo comenzó en St. Moritz, el elegante resort alpino suizo que en la segunda mitad del siglo XIX se había convertido en el destino predilecto de la aristocracia y la alta burguesía británica para sus vacaciones de invierno. Estos turistas, con el espíritu aventurero típico de la era victoriana, convirtieron el descenso en trineo por las pistas heladas de la localidad en un pasatiempo apasionante que con el tiempo daría lugar a varios deportes olímpicos.
La Cresta Run, la famosa pista natural de hielo que desciende desde St. Moritz hasta Celerina, fue el escenario donde el skeleton tomó forma. Hacia 1882-1885, algunos aficionados comenzaron a descender la pista no sentados ni tumbados boca arriba —como era habitual en los trineos de la época— sino boca abajo, con la cabeza hacia adelante mirando la pista. Este cambio de posición, que podría parecer un capricho o un gesto de temeridad, resultó en velocidades notablemente mayores y en una experiencia completamente diferente. La posición boca abajo ofrecía una aerodinámica más favorable y un centro de gravedad más bajo, lo que hacía el trineo más estable en las curvas, aunque también considerablemente más intimidante para cualquiera que no hubiera experimentado la sensación de ver el hielo a centímetros de la cara a gran velocidad.
El St. Moritz Tobogganing Club, fundado en 1887, fue la primera organización que intentó regular y estandarizar el deporte. Sus miembros establecieron las primeras reglas de la Cresta Run, determinaron las dimensiones y características de los trineos aceptables y organizaron las primeras competiciones con clasificaciones y premios simbólicos. Estas pioneras competiciones del siglo XIX son el punto de partida directo del skeleton olímpico moderno, aunque el camino desde aquellas pistas naturales alpinas hasta los canales de hielo artificial de los Juegos Olímpicos del siglo XXI fue largo y accidentado.