Cuando el skeleton regresó al programa olímpico en Salt Lake City 2002 tras más de cinco décadas de ausencia, lo hizo con una novedad histórica: por primera vez en la historia del deporte, las mujeres disputarían también una prueba olímpica de skeleton. Ni en Garmisch 1936 ni en Oslo 1948, las únicas apariciones previas del skeleton en los Juegos, había habido competición femenina. La edición de 2002 inauguró así dos historias al mismo tiempo: el retorno del skeleton al olimpismo y el inicio del skeleton olímpico femenino.
La inclusión de las mujeres en el programa olímpico de skeleton no fue automática ni estuvo exenta de debate. Durante los años de ausencia olímpica del deporte, el skeleton femenino había crecido gradualmente en el circuito de Copa del Mundo de la IBSF, con atletas de países como Gran Bretaña, Canadá, Alemania, Estados Unidos y algunos países de Europa del Este. La demostración de que existía una base sólida de atletas femeninas competitivas a nivel mundial fue un argumento clave para la incorporación de la prueba femenina cuando la IBSF negoció el retorno olímpico. El COI, bajo la presidencia de Jacques Rogge, también estaba en ese período impulsando activamente la paridad de género en el programa olímpico, lo que favoreció la inclusión.
La primera ganadora de oro olímpico femenino de skeleton fue Tristan Gale (Estados Unidos), que se impuso en la pista de Utah Olympic Park con una actuación consistente en las cuatro mangas. A partir de ese momento, el skeleton femenino olímpico ha producido algunas de las historias más memorables de los Juegos de Invierno: Amy Williams ganando el único oro británico de Vancouver 2010 con una actuación magistral, y Lizzy Yarnold convirtiéndose en la primera persona en defender con éxito un título olímpico de skeleton al ganar en Sochi 2014 y PyeongChang 2018. Gran Bretaña se ha convertido en la potencia dominante del skeleton femenino olímpico, lo que ha generado un interés especial en el deporte dentro del Reino Unido.