La historia tecnológica del skeleton es un reflejo comprimido de la evolución de la ingeniería deportiva durante el siglo XX y principios del XXI: desde las estructuras artesanales de metal forjado del siglo XIX hasta los trineos de carbono con patines de acero optimizados mediante simulaciones computacionales de fluidos. Cada generación de trineos ha permitido a los atletas alcanzar mayores velocidades y un mejor control, aunque siempre dentro de los límites progresivamente más precisos que el reglamento IBSF ha ido estableciendo.
Los primeros trineos de la Cresta Run eran objetos funcionales sin pretensiones aerodinámicas. Su única preocupación era la robustez y la estabilidad básica: los constructores artesanales del St. Moritz Tobogganing Club hacían los trineos con barras de hierro soldadas o remachadas en configuraciones que buscaban ante todo que el trineo no se desintegrase en las curvas pronunciadas de la pista natural. El diseño era abierto —sin plataforma sólida— lo que le daba el aspecto de “esqueleto” que acabaría bautizando el deporte. Durante décadas, la evolución fue gradual: se introdujeron platinas de acero de mayor calidad para los patines, se experimentó con geometrías de la plataforma para mejorar la posición del atleta, y se trabajó en la rigidez estructural para transmitir más eficientemente las correcciones de guía del cuerpo a los patines.
La gran revolución tecnológica del skeleton llegó con el retorno olímpico en 2002. Cuando el deporte volvió al programa olímpico, los principales países competi. —Gran Bretaña, Alemania, Canadá, Estados Unidos— invirtieron recursos significativos en el desarrollo de nuevos trineos. Los ingenieros comenzaron a aplicar metodologías de aerodinámica computacional para optimizar el perfil del trineo, los patines de acero se fabricaron con tolerancias mucho más precisas y se introdujeron plataformas de fibra de carbono que reducían el peso sin comprometer la rigidez. Hoy, los mejores trineos de skeleton de competición son objetos de alta tecnología fabricados por un pequeño número de fabricantes especializados, a menudo en estrecha colaboración con las federaciones nacionales, y su coste puede superar los 10.000 euros.