La posición del piloto en skeleton es la característica más icónica y más intimidante de este deporte: boca abajo, de cabeza, con la cara mirando directamente hacia la pista de hielo que pasa a pocos centímetros. A diferencia del luge, donde el atleta va tumbado boca arriba con los pies hacia adelante, el piloto de skeleton ve la pista con sus propios ojos durante todo el descenso, lo que supone una experiencia perceptiva completamente diferente y psicológicamente mucho más exigente.
La posición reglamentaria del skeleton exige que el atleta esté completamente horizontal sobre el trineo, con la cabeza en la parte delantera del mismo y el pecho en contacto con la plataforma central. Los brazos pueden ir pegados al cuerpo o ligeramente separados según las preferencias del piloto, pero el reglamento IBSF establece que no pueden usarse para propulsarse o frenarse durante el descenso una vez que el atleta ha adoptado la posición de carrera. Las piernas se extienden hacia atrás sobre la parte trasera del trineo, con los pies ligeramente levantados para no rozar las paredes del canal. La cabeza, cubierta por el casco integral con visera, queda a tres o cuatro centímetros del hielo —una distancia que a 130 km/h representa milisegundos de reacción ante cualquier irregularidad.
Mantener esta posición bajo las fuerzas G de las curvas más pronunciadas es un desafío físico considerable. Las curvas del skeleton generan fuerzas de hasta cuatro o cinco veces la gravedad, que en esta posición se traducen en una presión enorme sobre el pecho, el abdomen y los antebrazos del piloto. La musculatura del core, el cuello y los hombros debe ser suficientemente fuerte para mantener la posición sin colapsar bajo esa presión, mientras que simultáneamente el piloto está ejecutando los pequeños movimientos de guía que determinan la trayectoria del trineo.