Hay debates sobre quién es el mejor jugador de snooker de la historia, pero no hay debate sobre quién es el más dotado. Ronnie O’Sullivan, nacido en Wordsley en 1975 y criado en Essex, tiene una habilidad natural para el snooker que sus contemporáneos —todos ellos campeones mundiales ellos mismos— reconocen abiertamente como algo aparte, en una categoría diferente a la de cualquier otro jugador que hayan visto.
Los inicios: prodigio desde niño
O’Sullivan empezó a jugar al snooker a los ocho años y a los diez ya hacía century breaks. Se hizo profesional con 16 años, en 1992, y en su primera temporada completó century breaks a un ritmo que ningún jugador debutante había conseguido antes. Era evidente desde el principio que era diferente.
Su primera temporada en el circuito ya fue reveladora: completó breaks de alto nivel, ganó partidos contra jugadores establecidos y mostró ese repertorio técnico —topspin, backspin, side, ambas manos— que desde el principio lo distinguió de sus contemporáneos.
El 147 de 1997: el momento definitorio
El 21 de abril de 1997, durante la primera ronda del Campeonato del Mundo, O’Sullivan completó un 147 en 5 minutos y 20 segundos. Incluyendo un cambio de mano a mitad del break. Con 21 años. El árbitro, el rival y el público del Crucible quedaron en un estado de incredulidad que pocas actuaciones deportivas han generado.
Ese break definió a O’Sullivan para siempre: no solo como el mejor jugador de su generación sino como alguien cuya relación con el snooker es fundamentalmente diferente a la del resto. Para él, completar 36 golpes perfectos en menos de seis minutos parecía natural. Para todos los demás, era imposible.
Los títulos mundiales y la longitud de la carrera
O’Sullivan ganó su primer título mundial en 2001 y el último (hasta la fecha) en 2023, con 47 años. Entre medias: 2004, 2008, 2012 y 2013. Esta distribución —7 títulos repartidos en 22 años— refleja la extraordinaria longitud de su dominio en el deporte y también sus periodos de ausencia o falta de motivación.
O’Sullivan ha sido siempre muy honesto sobre su relación ambivalente con el snooker: ha hablado de temporadas en que no quería competir, de problemas de salud mental que lo alejaron de las mesas, de la dificultad de encontrar motivación cuando ya has ganado todo. Esa honestidad sobre su proceso interior lo ha convertido en una figura que va más allá del deportista: es un referente para la conversación sobre salud mental en el deporte de élite.
El estilo: el snooker como arte
O’Sullivan juega el snooker de manera diferente a cualquier otro. No solo es más rápido: sus breaks tienen una fluidez, una cadencia y una elegancia que los aficionados describen como “ver jugar snooker de la manera en que debería jugarse siempre”. Sus golpes no parecen el resultado de un cálculo geométrico sino de un instinto puro que procesa la mesa en fracciones de segundo.
Sus más de 1.200 century breaks en competición oficial son el sello de esa consistencia: no son el resultado de un pico de forma sino de un nivel técnico sostenido durante más de tres décadas que ningún otro jugador ha alcanzado ni de lejos.
El legado
Cuando el debate sobre el GOAT (Greatest Of All Time) del snooker llega a su punto más acalorado, el nombre de O’Sullivan siempre está ahí. Sus siete títulos mundiales, su récord de centuries, sus múltiples máximos breaks y la forma en que ha jugado durante treinta años son argumentos de peso que difícilmente perderán relevancia con el tiempo. “The Rocket” no es solo el mejor jugador de su época: es el estándar contra el que se medirá cualquier jugador futuro del snooker.