Duke Kahanamoku: el embajador del surf
El renacimiento del surf en Hawái a principios del siglo XX tiene un protagonista indiscutible: Duke Paoa Kahinu Mokoe Hulikohola Kahanamoku. Nacido en Honolulu en 1890, Duke era un nadador extraordinario que ganó medallas de oro olímpicas en natación en Estocolmo 1912 y Amberes 1920. Pero su legado más duradero no está en la piscina sino en el océano.
Durante sus viajes para competir en natación, Duke llevaba consigo una tabla de surf y realizaba demostraciones en las playas de California, Australia y Nueva Zelanda. En Corona del Mar, California, en 1914, y en Freshwater Beach, Sídney, en 1915, sus exhibiciones asombraron a miles de espectadores que nunca habían visto nada parecido. Los locales se aproximaban fascinados a sus tablas macizas de madera koa, y algunos —como el joven Claude West en Australia— aprendieron directamente de él.
Duke fue el primer embajador global del surf, y su figura de campeón olímpico le daba una credibilidad y visibilidad que ningún surfista anónimo habría podido alcanzar. Murió en 1968, habiendo visto cómo el deporte que había popularizado se convertía en fenómeno mundial.
La revolución tecnológica: del pino al foam y la fibra
Durante la primera mitad del siglo XX, las tablas de surf seguían siendo de madera maciza o contrachapada, largas y pesadas. El gran salto tecnológico llegó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los materiales desarrollados para la industria aeronáutica —el poliestireno expandido (foam) y la fibra de vidrio— se aplicaron a la fabricación de tablas.
En 1946, el californiano Bob Simmons comenzó a experimentar con tablas de foam recubiertas de fibra de vidrio, produciendo tablas mucho más ligeras y manejables que las de madera. En los años 50, el shaper Hobie Alter perfeccionó el proceso y comenzó a producirlas en serie en su garaje de Dana Point, California. El resultado fue una democratización radical del deporte: las nuevas tablas eran más baratas, más ligeras y mucho más fáciles de manejar que las tradicionales.
En 1966, australiano Bob McTavish y el hawaiano Dick Brewer introdujeron las “shortboards”, tablas significativamente más cortas (menos de dos metros) que permitían maniobras mucho más radicales. La Revolución de las Shortboards de 1967-1968 cambió para siempre el estilo del surf, abriendo la puerta al surf aéreo, las cuchillas pronunciadas y el surf de alto rendimiento que hoy domina la competición.
El nacimiento del circuito profesional
La profesionalización del surf fue más tardía que en otros deportes, reflejo de su cultura hippie y antiestablishment. Los primeros torneos con premios en metálico aparecieron en los años 60, pero no fue hasta 1976 cuando se creó la International Professional Surfers (IPS), el primer organismo que coordinó un circuito mundial con ranking global.
El surfista australiano Peter Townend fue el primer campeón mundial oficial en 1976. El hawaiano Mark Richards dominó los años siguientes con cuatro títulos consecutivos. En 1983, la IPS se transformó en la Association of Surfing Professionals (ASP), que en 2015 adoptó el nombre actual de World Surf League (WSL). El circuito de la WSL, con entre ocho y once competiciones anuales en los mejores breaks del mundo —desde Pipeline en Hawái hasta Teahupo’o en Tahití o J-Bay en Sudáfrica—, es hoy el escenario donde se decide el mejor surfista del planeta.
Tokio 2020: el surf llega a los Juegos
El debutó olímpico del surf en los Juegos de Tokio 2020 fue recibido con expectación y cierta controversia en la comunidad surfista, dividida entre quienes lo veían como el mayor reconocimiento de su historia y quienes temían que el olimpismo domesticara una cultura nacida de la libertad y la transgresión.
Las competiciones se disputaron en la playa de Tsurigasaki, en la prefectura de Chiba, con condiciones de mar variables que pusieron a prueba la adaptabilidad de los competidores. El brasileño Italo Ferreira ganó el oro masculino con un surf aéreo explosivo, mientras que la hawaiana Carissa Moore —cuatro veces campeona mundial de la WSL— se adjudicó el femenino con una actuación de maniobras poderosas y fluidas. El surf olímpico había llegado para quedarse.