La llegada de los españoles a la Sabana de Bogotá en 1537, liderada por Gonzalo Jiménez de Quesada, transformó profundamente la civilización muisca. Entre todas las tradiciones culturales que debieron adaptarse al nuevo orden colonial, el turmequé experimentó una metamorfosis que, paradójicamente, le permitió sobrevivir hasta el presente.
La conquista y el encuentro con el turmequé
Los cronistas de la conquista describieron con detalle la riqueza cultural muisca, y entre los elementos que más llamaron su atención se encontraba el turmequé. El uso de discos de oro macizo en un juego resultaba incomprensible y fascinante para los conquistadores, acostumbrados a ver el oro únicamente como moneda, adorno o símbolo de poder.
Para los muisca, el oro no tenía el mismo valor que para los españoles. Era un material sagrado, vinculado al sol, utilizado en rituales y ofrendas. Lanzarlo en un juego era un acto de devoción, no un desperdicio. Pero esta diferencia de perspectiva sería determinante para la transformación del juego.
La sustitución del oro por hierro
Con la colonización, el acceso de la población indígena y mestiza al oro se redujo drásticamente. El metal sagrado de los muisca fue explotado, extraído y exportado masivamente a España. En este contexto, los discos de oro que se usaban en el turmequé fueron sustituidos progresivamente por discos de hierro fundido, un material abundante, barato y funcional que no tenía el costo ni el significado ritual del oro.
Esta sustitución fue un punto de inflexión en la historia del deporte. Al perder el disco su material sagrado, el juego también perdió buena parte de su dimensión ritual y se transformó en una actividad lúdica y competitiva pura. El turmequé dejó de ser una ceremonia para convertirse en un juego.
El nuevo nombre: tejo
A lo largo del período colonial, el juego fue adoptando el nombre de tejo. El origen exacto del término es debatido. La interpretación más extendida lo vincula a la palabra castellana “tejo”, que en España denominaba a los discos de metal o piedra usados en juegos de lanzamiento populares. Los conquistadores y colonos habrían visto el parecido entre el juego muisca y sus propios juegos de disco y habrían aplicado el mismo término.
Otros investigadores sugieren que “tejo” puede tener raíces en lenguas indígenas, posiblemente como adaptación fonética de alguna palabra chibcha. Esta hipótesis es menos documentada pero no ha sido definitivamente descartada por los lingüistas.
El tejo en la sociedad colonial
Lejos de desaparecer, el tejo se consolidó en la sociedad colonial como un juego popular. Lo practicaban tanto los descendientes de los muisca como los mestizos, los criollos y eventualmente también algunos sectores de la población española afincada en el Nuevo Reino de Granada. Era un juego democrático en el sentido de que no requería equipamiento costoso —un disco de hierro y un poco de arcilla bastaban— y podía jugarse en cualquier espacio relativamente amplio.
Las plazas de los pueblos, los patios de las haciendas y los espacios junto a las tabernas comenzaron a albergar canchas de tejo. El juego se fue integrando en la vida social de los territorios que hoy forman Colombia, mezclándose con la chicha —bebida fermentada indígena— y más tarde con la cerveza importada por los colonos europeos.
Esta fusión entre tradición indígena y práctica colonial mestiza fue la que dio al tejo su carácter único: no es un juego puramente indígena ni puramente colonial, sino el resultado de un sincretismo cultural que refleja la identidad misma de Colombia.