El siglo XIX fue para Colombia un período de transformaciones profundas: la independencia de España, la formación de la república, las guerras civiles y los primeros intentos de modernización del país. En este contexto convulso, el tejo vivió sus momentos de mayor vulnerabilidad histórica, pero también encontró la forma de sobrevivir.
El tejo bajo la lupa de las élites criollas
Con la independencia de Colombia en 1819 y la construcción de la nueva república, las élites criollas que tomaron el poder tenían una relación ambivalente con las tradiciones populares. Por un lado, querían construir una identidad nacional propia que diferenciara a Colombia de España. Por otro, muchas de estas élites miraban con desdén las prácticas culturales que asociaban con las clases bajas, el mundo indígena o el pasado colonial.
El tejo estaba firmemente ubicado en el primer grupo: era un juego popular, practicado en espacios de socialización que incluían el consumo habitual de chicha y cerveza, frecuentado por trabajadores y artesanos, y vinculado a una tradición indígena que no encajaba en la visión europeizante que algunas facciones de las élites tenían para el futuro del país.
En algunas ciudades, las autoridades municipales intentaron regular o limitar la práctica del tejo, preocupadas por el desorden y el consumo de alcohol que a menudo acompañaban las partidas. Estas restricciones, sin embargo, tuvieron un éxito limitado: el tejo estaba demasiado arraigado en la cultura popular para poder erradicarlo.
La incorporación de las mechas de pólvora
Uno de los cambios más relevantes en la historia del tejo ocurrió probablemente durante este período: la introducción de las mechas de pólvora como elemento de puntuación. Aunque no hay una fecha exacta documentada, la generalización del acceso a la pólvora negra durante el siglo XIX —asociada al uso militar y a los artificios pirotécnicos festivos— creó las condiciones para que alguien, en algún lugar de la Sabana de Bogotá o Boyacá, tuviera la idea de incorporar pequeñas mechas alrededor del bocín.
Esta innovación transformó el juego de manera radical. La explosión de las mechas añadió un elemento de espectáculo y emoción que el tejo simple, sin pólvora, no tenía. La sensación de éxito al conseguir la explosión, el sonido del estampido, la celebración que generaba, convirtieron al tejo con mechas en una experiencia incomparable a cualquier otro juego popular de la época.
La resistencia de las zonas rurales
Mientras las ciudades debatían sobre la conveniencia o no del tejo, en los pueblos y las zonas rurales del interior de Colombia —especialmente en los departamentos de Cundinamarca y Boyacá— el juego nunca perdió su centralidad en la vida comunitaria. Las ferias de los pueblos, las fiestas patronales, las reuniones después de la cosecha: en todos estos momentos de celebración colectiva, el tejo era una presencia habitual.
Esta supervivencia rural fue crucial. Cuando el siglo XIX llegó a su fin y Colombia entraba en una nueva etapa de urbanización y desarrollo, el tejo no era un juego en declive sino un deporte plenamente vivo en el corazón del país.
Las primeras teyerías
En las últimas décadas del siglo XIX comenzaron a aparecer en Bogotá y otras ciudades los primeros establecimientos especializados en el tejo: las teyerías. Estos locales combinaban las canchas de juego con una barra de bebidas, ofreciendo un espacio dedicado exclusivamente al deporte que permitía jugar en condiciones más controladas y confortables que los patios o las plazas al aire libre.
Las teyerías fueron un factor decisivo en la consolidación del tejo urbano. Daban al juego una infraestructura estable, lo separaban del puro desorden callejero y lo convertían en una actividad de ocio organizada. Para el siglo XX, las teyerías serían una institución indispensable de la vida social bogotana y de muchas otras ciudades colombianas.