El saque en tenis de mesa es mucho más que el inicio del punto: es la primera acción táctica del juego y la que más directamente puede generar ventajas sin que el rival tenga posibilidad de influir. En ningún otro deporte de raqueta el servicio tiene tanta importancia relativa, ya que la proximidad de la mesa y la pequeñez de la pelota hacen que un saque con efecto intenso sea casi imposible de atacar directamente sin cometer errores. Los mejores sacadores del mundo pueden ganar entre el 50 y el 70% de los puntos con el primer o segundo golpe tras el saque, lo que convierte el desarrollo de un repertorio de saques efectivo en una inversión de entrenamiento prioritaria.
Las reglas del saque han evolucionado significativamente desde los años 1990, cuando los jugadores usaban movimientos cada vez más ocultos para impedir que el rival viera el punto de contacto. La ITTF endureció las normas en 2002 obligando a que el saque sea completamente visible para el árbitro y el receptor, lo que redujo algunas de las ventajas de los sacadores más tramposos pero no eliminó la complejidad técnica del servicio. Muchos jugadores han desarrollado saques legalmente complejos que cumplen con las normas de visibilidad pero siguen siendo difíciles de leer por la velocidad y la sutileza del movimiento de muñeca.
La recepción del saque es, en consecuencia, una de las habilidades más trabajadas en el entrenamiento de alto nivel. Los jugadores pasan horas específicamente trabajando la lectura de los saques rivales, prestando atención al ángulo de la pala en el momento del contacto, la velocidad del movimiento de muñeca y los indicadores visuales del tipo de efecto. En los grandes torneos, los equipos hacen análisis de vídeo de los saques de los futuros rivales y simulan esos saques en el entrenamiento para que el jugador llegue al partido habiendo recibido ese servicio cientos de veces.