El tenis fue uno de los primeros deportes en abrir sus competiciones a las mujeres, pero esa apertura temprana estuvo acompañada durante décadas de una profunda desigualdad: menores premios económicos, menor cobertura mediática y la percepción de que el tenis femenino era un espectáculo de segunda categoría. La historia del tenis femenino es, en buena medida, la historia de cómo las propias tenistas cambiaron esa percepción a través del juego, la organización colectiva y, en ocasiones, la confrontación directa con el establishment del deporte.
Desde finales del siglo XIX, las mujeres habían encontrado en el tenis un espacio de autonomía inusual para la época. El deporte se practicaba en entornos sociales mixtos y las mujeres podían competir públicamente en una era en que la mayoría de los deportes les estaban vedados. Figuras como Suzanne Lenglen en los años 20, con su estilo de juego revolucionario y su presencia escénica, o la estadounidense Helen Wills en los 30, demostraron que el tenis femenino podía generar su propio público y sus propias leyendas.
Billie Jean King y la revolución de 1973
El año 1973 marcó un antes y un después. En septiembre, Billie Jean King derrotó a Bobby Riggs en la llamada Batalla de los Sexos, un partido que fue mucho más que un evento deportivo. Riggs, campeón de Wimbledon en los años 40, había afirmado públicamente que ninguna mujer podía derrotarle y que el tenis femenino era inferior. King le aplastó en tres sets directos ante 30.000 espectadores en el Houston Astrodome y ante una audiencia televisiva de más de 50 millones en Estados Unidos.
Ese mismo año, King había liderado la fundación del Women’s Tennis Association (WTA), la organización que representaría a las tenistas profesionales. La WTA nació del rechazo de King y otras nueve tenistas —las llamadas Original Nine— a jugar en un circuito que les ofrecía premios económicos ridículos comparados con los del circuito masculino. Su apuesta fue crear su propio circuito con el patrocinio de Virginia Slims, y la historia les dio la razón.
La era de las grandes: Navratilova, Evert, Graf
Las décadas de 1970, 1980 y 1990 fueron la edad dorada del tenis femenino en términos de rivalidades. Martina Navratilova y Chris Evert protagonizaron una de las grandes rivalidades del deporte: se enfrentaron 80 veces, con 43 victorias para Navratilova y 37 para Evert. Sus estilos opuestos —la agresividad rompedora de Navratilova frente a la solidez de fondo de Evert— crearon un relato deportivo que mantuvo enganchado al público durante años.
Steffi Graf llegó en los 80 para redefinir el dominio. En 1988 completó el Golden Slam: ganó los cuatro Grand Slams y la medalla de oro olímpica en el mismo año. Solo ella lo ha logrado. Su historia tiene también una sombra: el acoso de un fan que apuñaló a Monica Seles en 1993, un episodio oscuro que marcó la carrera de una de las rivales directas de Graf y puso en evidencia la vulnerabilidad de los deportistas ante el fanatismo.
Serena Williams: el fin de la historia, el comienzo de la leyenda
Venus y Serena Williams llegaron al tenis profesional en los años 90 y lo transformaron. Su potencia física y su juego agresivo marcaron un nuevo estándar, y su origen —hijas de un padre autodidacta que las entrenó en las canchas públicas de Compton, California— convirtió su historia en algo más que una historia deportiva. Serena acumuló 23 Grand Slams, superando todos los registros de la Era Abierta. Pero más allá de las estadísticas, su carrera fue un permanente debate sobre raza, género y los estándares que se aplican de manera desigual en el deporte.
Hoy el tenis femenino comparte el prize money con el masculino en los cuatro Grand Slams desde 2007 (con Wimbledon igualando en ese año como último en hacerlo), pero la brecha persiste en otros torneos. La WTA sigue luchando por cerrar esa diferencia, y la batalla que empezó Billie Jean King en 1973 continúa, aunque en un terreno más favorable que en cualquier momento anterior.