El largo período del amateurismo
Durante las primeras décadas del siglo XX, el tenis era un deporte estrictamente amateur, al menos en apariencia. Los grandes torneos —Wimbledon, Roland Garros, el US Open, el Abierto de Australia— estaban reservados por reglamento a jugadores no profesionales. Sin embargo, existía una realidad paralela: los mejores jugadores del mundo, una vez proclamados campeones, eran contratados por promotores privados para participar en giras de exhibición pagadas. Era una hipocresía institucionalizada que el mundo del tenis mantuvo durante décadas.
Los grandes campeones del período amateur —Don Budge, Jack Kramer, Pancho González, Lew Hoad— terminaban sus carreras de torneos reconocidos para ingresar en el circuito profesional privado, donde ganaban dinero pero perdían el acceso a los Grand Slams. La situación era absurda: los mejores jugadores del mundo no podían participar en los torneos más importantes.
1968: la revolución de la era Open
El 1 de enero de 1968 cambió el tenis para siempre. El All England Club anunció que Wimbledon ese año estaría abierto tanto a amateurs como a profesionales, poniendo fin a décadas de hipocresía. Los otros tres Grand Slams siguieron el ejemplo ese mismo año, inaugurando lo que se conoce como “era Open”.
La era Open trajo consigo la profesionalización completa del deporte. Los jugadores podían cobrar abiertamente por jugar en los torneos más importantes. Los premios en metálico comenzaron a crecer de manera sostenida, y la ATP (Asociación de Tenistas Profesionales) fue fundada en 1972 para defender los intereses de los jugadores masculinos. La WTA (Women’s Tennis Association) siguió en 1973, impulsada decisivamente por Billie Jean King, quien convirtió la igualdad de premios entre hombres y mujeres en su gran causa.
La primera era Open fue dominada por figuras como Rod Laver, quien en 1969 se convirtió en el único jugador en ganar el Grand Slam (los cuatro grandes en un mismo año) en la era profesional, hazaña que ningún hombre ha repetido desde entonces.
La revolución tecnológica: del madera al grafito
Hasta finales de los años 70, las raquetas de tenis eran de madera: pesadas, con cabeza pequeña (unas 65 pulgadas cuadradas) y con un punto dulce reducido que exigía una técnica muy precisa. El primer cambio llegó con las raquetas metálicas: Jimmy Connors popularizó en los años 70 la raqueta de acero Wilson T2000, que le permitía golpear con un top spin más pronunciado.
El gran salto fue la raqueta de grafito y fibra de carbono, introducida comercialmente por Prince Sports en 1976. Las nuevas raquetas eran más ligeras, más grandes (con cabezas de 90-110 pulgadas cuadradas) y significativamente más potentes. El punto dulce se multiplicó, haciendo el tenis más accesible para los jugadores recreativos y permitiendo a los profesionales golpear con una potencia y un efecto imposibles con madera.
El cambio tecnológico transformó el juego: el tenis lento de saque-volea sobre hierba, adaptado a las raquetas de madera, cedió terreno ante el tenis de fondo de pista con top spin intenso que hoy domina el circuito. Bjorn Borg, con su poderoso top spin de revés a dos manos, fue el precursor de este estilo en Wimbledon mismo.
El circuito moderno y la globalización del tenis
El circuito actual de la ATP Tour y la WTA Tour contempla torneos en todos los continentes, desde el Abierto de Australia en enero hasta los Masters de fin de año en noviembre. El ranking mundial determina el acceso a los torneos y la clasificación para los Grand Slams. Los premios totales de los cuatro Grand Slams superan los 200 millones de dólares anuales en total.
La globalización del tenis se refleja en la procedencia de sus campeones: suizos, españoles, serbios, escoceses, rumanos, japoneses y australianos han liderado los rankings en las últimas décadas, en un deporte que ya no tiene un único centro geográfico sino que pertenece genuinamente al mundo entero.