Hay algo profundamente misterioso en la supervivencia del ulama. El juego de pelota mesoamericano fue practicado durante siglos en un territorio que abarca desde el norte de México hasta Honduras: decenas de culturas, cientos de ciudades, miles de campos de pelota construidos con enorme esfuerzo. Y sin embargo, cuando la conquista española destruyó ese mundo, el juego sobrevivió en un solo lugar: un estado del noroeste de México que, antes de la conquista, era periferia del mundo mesoamericano, no su centro.
La paradoja del superviviente
Los grandes centros del juego de pelota mesoamericano antes de la conquista eran otros: Chichén Itzá en Yucatán, El Tajín en Veracruz, Tenochtitlan en el valle de México. Eran las capitales, los lugares donde el juego tenía mayor elaboración ritual, mayor monumentalidad y mayor importancia política y social.
Fueron precisamente estos centros los que cayeron primero y más completamente bajo el control español. La conquista de Tenochtitlan en 1521 fue el colapso del sistema de poder azteca, que irradió a toda Mesoamérica. Los misioneros que llegaron inmediatamente después se concentraron en las ciudades más importantes, donde destruyeron sistemáticamente los templos, los campos de pelota y todas las manifestaciones de las religiones indígenas.
Sinaloa, en el noroeste, era la periferia. No tenía las pirámides monumentales de Yucatán ni los campos de pelota de El Tajín. Era una región de culturas menos centralizadas, de mayor dispersión poblacional y de acceso geográfico más difícil. La sierra Madre Occidental y los ríos del noroeste creaban barreras naturales que retrasaron significativamente la penetración colonial efectiva.
La llegada tardía de los misioneros
El noroeste de México fue evangelizado más tarde y con menos intensidad que el centro. Las órdenes religiosas —franciscanos, dominicos, jesuitas— priorizaron naturalmente los centros de población más densa, donde el impacto de su trabajo era mayor. Las comunidades dispersas de Sinaloa recibieron atención misionera más esporádica y menos sistemática.
Esta situación creó espacios de continuidad cultural que no existían en el centro de México. El juego de pelota, si se practicaba de forma suficientemente discreta y sin las connotaciones rituales más evidentes, podía sobrevivir en este contexto sin despertar la atención represiva de la autoridad eclesiástica.
La naturaleza del ulama sinaloense
Hay también una hipótesis sobre el tipo de juego que se practicaba en Sinaloa antes de la conquista. El juego de pelota del noroeste de México puede haber sido, desde el principio, una práctica más deportiva y menos ritual que el tlachtli del centro de México. Sin anillos de piedra, sin murales de sacrificio, sin integración en el centro ceremonial de la ciudad, el juego sinaloense podía ser presentado como un simple juego y no como una práctica religiosa.
Esta presentación más “inocua” habría reducido la presión de los misioneros para prohibirlo activamente. Un juego sin connotaciones religiosas evidentes podía ser tolerado, o simplemente ignorado, mientras que el tlachtli azteca con su carga ritual era un blanco natural de la evangelización.
El papel de las familias
Un factor crucial de la supervivencia del ulama en Sinaloa fue la transmisión familiar del juego. A diferencia de las grandes instituciones del juego de pelota mesoamericano (templos, escuelas especializadas, elites que lo patrocinaban), el ulama sinaloense se transmitió a través de familias que pasaron el conocimiento de padres a hijos de manera informal e íntima.
Esta forma de transmisión es más resistente a la supresión externa que las instituciones formales. Las instituciones pueden ser destruidas: los templos, derrumbados; las escuelas, cerradas; las elites, sometidas. Pero la práctica que se transmite en el seno de una familia, en el patio de casa, entre padres e hijos, es mucho más difícil de erradicar completamente.
Son estas familias —de las que las familias Lizárraga y otras de Mocorito son los ejemplos más conocidos— las que guardan la continuidad del juego a través de siglos de supresión y modernización.