En 1521, Hernán Cortés y sus aliados tlaxcaltecas tomaron Tenochtitlan. El Imperio azteca se derrumbó, y con él la mayor parte del complejo edificio cultural mesoamericano. El juego de pelota, que había sobrevivido y evolucionado durante más de tres mil años, afrontó su peor amenaza: la erradicación deliberada por parte de los colonizadores.
La conquista y la destrucción cultural
La caída de Tenochtitlan no fue solo una derrota militar. Fue el comienzo de un proceso sistemático de destrucción cultural que los historiadores modernos llaman etnocidio. Los conquistadores y los misioneros que les siguieron tenían un objetivo claro: erradicar las religiones indígenas y sustituirlas por el catolicismo.
El juego de pelota era un blanco evidente. En el contexto mesoamericano, el juego estaba profundamente imbricado con las prácticas religiosas que los misioneros querían destruir: los campos de juego estaban en los centros ceremoniales, junto a los templos; el juego estaba asociado al sacrificio humano; y la pelota misma tenía una carga simbólica pagana que los frailes franciscanos, dominicos y agustinos no podían tolerar.
Las prohibiciones
Las primeras prohibiciones explícitas del juego de pelota llegaron en las primeras décadas del período colonial. Los misioneros, especialmente los franciscanos que evangelizaron el centro de México, instruyeron a sus conversos para que abandonaran el juego. En muchos lugares, los campos de pelota fueron destruidos deliberadamente o convertidos en iglesias y capillas, un proceso que los arqueólogos pueden verificar estratigráficamente en varios yacimientos.
Las Leyes de Indias, el corpus legal con el que la Corona española gobernó sus territorios americanos, incluían disposiciones contra las “idolatrías y supersticiones” indígenas que se aplicaron al juego de pelota en los contextos donde este tenía connotaciones rituales evidentes.
La resistencia clandestina
Sin embargo, la supresión no fue total ni inmediata. En regiones alejadas de los centros de poder colonial —las sierras, los desiertos y las costas remotas del noroeste de México— el control español fue mucho más débil y la evangelización llegó más tarde y con menos intensidad.
En estas regiones, el juego de pelota continuó practicándose, probablemente de forma clandestina o camuflada bajo formas aparentemente profanas que no levantaran las suspicacias de los misioneros. El noroeste de México, y específicamente la región que hoy corresponde al estado de Sinaloa, fue una de estas zonas de resistencia.
Sinaloa: el refugio del ulama
Los investigadores no saben exactamente por qué el ulama sobrevivió en Sinaloa y no en otras regiones de México. Varias hipótesis se han planteado:
- Aislamiento geográfico: el noroeste de México estaba alejado de los centros de poder colonial. La sierra Madre Occidental y los desiertos del norte actuaron como barreras naturales que retrasaron la penetración colonial efectiva.
- Menor control eclesiástico: la presencia de órdenes religiosas en Sinaloa fue más tardía y menos intensa que en el centro de México.
- Forma menos ritualizada: la versión del juego que sobrevivió en Sinaloa puede haber sido desde el principio una versión más deportiva y menos ritual que el tlachtli azteca, haciendo más fácil presentarla como un simple juego sin connotaciones religiosas.
El siglo XIX y la nueva amenaza
Después de la independencia de México en 1821, el juego de pelota enfrentó una nueva amenaza: la modernización y la urbanización. Las comunidades donde el ulama se practicaba estaban sujetas a presiones económicas y sociales que empujaban a la población joven hacia las ciudades y hacia los deportes modernos (fútbol, béisbol) que comenzaron a llegar a México a finales del siglo XIX y principios del XX.
Para mediados del siglo XX, el ulama era practicado por un número tan pequeño de personas que muchos investigadores lo consideraban al borde de la extinción. Era en ese momento cuando un antropólogo holandés llegó a Sinaloa y cambió el destino del deporte más antiguo del mundo.