El ulama que se practica hoy en Sinaloa es un deporte. Sus jugadores compiten por tantos, disfrutan del juego y mantienen viva una tradición ancestral. Pero su antecesor, el juego de pelota mesoamericano, era también un ritual cosmológico, una forma de comunicación con los dioses y, en algunas versiones, un preludio al sacrificio humano. Entender ambas dimensiones es fundamental para comprender qué es el ulama en toda su profundidad.
El juego de pelota mesoamericano como ritual
Las civilizaciones mesoamericanas —olmecas, mayas, aztecas y docenas de culturas más— dieron al juego de pelota un significado que iba mucho más allá del deporte. En la cosmovisión mesoamericana, el juego recreaba el movimiento de los astros por el cielo. La pelota, que siempre debe mantenerse en movimiento y nunca debe tocar el suelo, representaba al sol en su trayectoria celeste.
Los campos de juego estaban con frecuencia orientados astronómicamente, alineados con los puntos de salida o puesta del sol en los equinoccios o solsticios. Los propios campos eran microcosmos del universo mesoamericano, con el cielo (el espacio aéreo donde viaja la pelota) y el inframundo (bajo la tierra del campo) separados por la superficie donde jugaban los hombres.
El sacrificio: ganadores o perdedores
La pregunta que más fascina al público moderno es si el juego de pelota mesoamericano implicaba el sacrificio del equipo perdedor. La respuesta es más compleja que el mito popular.
Los relieves del Gran Juego de Pelota de Chichén Itzá muestran claramente una escena de decapitación asociada al juego. Sin embargo, los investigadores debaten si el sacrificado era el capitán del equipo perdedor o, paradójicamente, el del equipo ganador: morir en el juego era un honor supremo en algunas culturas mesoamericanas, ya que el sacrificado alimentaba directamente al sol con su sangre.
Lo que sí parece claro es que el sacrificio humano no era una práctica universal ni constante del juego de pelota: en muchos contextos, el juego era simplemente un deporte o una competencia entre comunidades sin consecuencias letales. El sacrificio aparece asociado a contextos especiales, probablemente relacionados con ceremonias calendáricas o momentos cosmológicamente significativos.
El ulama moderno: deporte sin ritual
El ulama que juegan las familias de Mocorito y Navolato en el siglo XXI es un deporte en el sentido más contemporáneo del término. No hay rituales religiosos asociados, no hay implicaciones cosmológicas explícitas y, por supuesto, no hay ningún componente de sacrificio.
Lo que sí existe es un poderoso sentido de identidad cultural. Los jugadores de ulama de Sinaloa son conscientes de que mantienen viva la tradición más antigua del deporte mesoamericano, y este hecho les otorga un significado que va más allá de la competición. Cada partido es, en cierta manera, un acto de resistencia cultural frente a siglos de supresión y olvido.
Elementos que conectan ambas dimensiones
Aunque el ulama moderno haya perdido su dimensión ritual explícita, algunos elementos del juego conectan inevitablemente con el pasado sagrado:
- La pelota de caucho sólido, fabricada con los mismos materiales que sus antepasados usaron hace tres mil años.
- La prohibición de que la pelota toque el suelo, que en el contexto ritual representaba la caída del sol.
- La cancha larga y estrecha, morfológicamente similar a los tlachtlis mesoamericanos, aunque sin los anillos de piedra laterales.
- La transmisión del juego de padres a hijos en un linaje ininterrumpido que se remonta a antes de la conquista española.
Esta continuidad, parcialmente rota y parcialmente preservada, es lo que hace del ulama un fenómeno único en la historia del deporte humano.