El ace es uno de los momentos más celebrados en un partido de voleibol: el saque que gana el punto de forma directa, sin que el equipo receptor pueda organizar una respuesta válida. Ya sea porque el balón cae en el campo contrario sin que nadie lo toque, o porque el receptor lo intenta y no logra mantenerlo en juego, el ace es la manifestación más contundente de la efectividad del saque como arma ofensiva.
Los aces pueden producirse de distintas maneras. Un saque flotante bien dirigido a la zona de cambio entre dos receptores puede desorientar al equipo, que no tiene claro quién debe intervenir, y acabar en ace por indecisión. Un jump serve ejecutado a máxima potencia y en la línea de fondo puede superar directamente la capacidad de reacción del receptor. También hay aces por errores técnicos del receptor: un antebrazos mal posicionado que envía el balón fuera de campo.
En los análisis estadísticos del voleibol moderno, el porcentaje de aces es uno de los indicadores del rendimiento del saque. Sin embargo, los entrenadores no solo buscan maximizar los aces, sino equilibrar la agresividad del saque con el porcentaje de errores: un sacador que falla muchos saques pero hace pocos aces tiene un balance negativo. La gestión de este equilibrio es una de las decisiones tácticas más frecuentes durante un partido.