La colocación es el segundo toque del equipo y el gesto técnico más decisivo del juego ofensivo en voleibol. El colocador recibe el balón de la recepción o de la defensa y lo dirige con precisión milimétrica a uno de los atacantes para que este pueda rematar en las mejores condiciones posibles. La calidad de la colocación determina en gran medida la efectividad del ataque.
La técnica estándar es el toque alto de dedos: el colocador llega al balón con los codos flexionados, las manos por encima de la frente, los dedos abiertos en forma de cuenco. En el momento del contacto, empuja simultáneamente con todos los dedos, especialmente con el índice y el corazón, y extiende muñecas y brazos para proyectar el balón en la dirección deseada. El contacto debe ser brevísimo, limpio y simétrico, sin retener el balón.
Además de la técnica del toque, el colocador debe dominar la lectura del juego: saber qué atacante está mejor colocado, qué zona del bloque rival tiene menos altura, y qué ritmo de juego usar (rápido o lento) para desestabilizar la defensa contraria. Un colocador de élite actúa como el director de orquesta del equipo, gestionando los tiempos y las opciones de ataque en décimas de segundo bajo máxima presión.