El colocador es el arquitecto del ataque en voleibol. Su función principal es recibir el segundo toque (tras la recepción o la defensa) y distribuirlo a los atacantes en las mejores condiciones posibles. Una colocación perfecta permite al rematador saltar en el momento óptimo y golpear el balón en su punto más alto, con el mayor número de opciones de dirección. El colocador no ejecuta el punto, pero hace que sea posible.
A diferencia de otros deportes de equipo, el colocador debe tomar decisiones en décimas de segundo: leer la posición de los seis jugadores del equipo contrario, identificar qué bloqueadores están desorientados o fuera de posición, y elegir al atacante que tenga la mejor ventaja. La velocidad de la colocación (alta y calmada, o rápida y tensa), el punto de entrega y la dirección (adelante, atrás, a primera línea o segunda línea) son todas herramientas que el colocador usa para desequilibrar la defensa rival.
Más allá de la técnica del toque, el colocador debe ser un líder dentro del campo. Es el jugador que da el ritmo al equipo, gestiona la presión de los momentos cruciales y mantiene la comunicación con los atacantes durante el partido. En el sistema 5-1, el más extendido en élite, hay un único colocador que actúa en todas las rotaciones, lo que exige un nivel técnico y táctico muy alto y una gran resistencia mental a lo largo de los cinco posibles sets.