El remate es la acción ofensiva por excelencia del voleibol y uno de los gestos más espectaculares del deporte. Consiste en golpear el balón con la mano abierta desde una posición elevada, tras un salto, para enviarlo con potencia y dirección al campo contrario con el objetivo de que no pueda ser defendido. Es el tercer toque del equipo en la mayoría de las jugadas, aunque puede producirse también en el segundo.
La técnica del remate comienza con la lectura de la colocación: el atacante ajusta su posición mientras el colocador proyecta el balón. La carrera de aproximación (generalmente tres o cuatro pasos) convierte la velocidad horizontal en energía para el salto. La batida se realiza con dos pies simultáneamente, los brazos oscilan hacia atrás y luego hacia arriba para ganar altura. En la fase de vuelo, el brazo dominante se arma hacia atrás en una posición de arco, y en el momento del golpeo se lanza hacia delante y hacia abajo mientras la muñeca chasquea para imprimir efecto al balón.
Los rematadores potentes de élite generan velocidades de balón que superan los 120 km/h. Sin embargo, la potencia no lo es todo: la dirección del remate, la capacidad de leer el bloque rival y variar las soluciones (línea, diagonal, finta, remate al bloque para ganar el fuera de campo) son elementos que distinguen a un buen atacante de uno excepcional.