En un país donde el fútbol lo ocupa todo, hay un deporte que ha conseguido el mismo nivel de resultados sin la décima parte del ruido mediático: el voleibol. Brasil es la nación más exitosa de la historia del voleibol olímpico, con oros tanto en la categoría masculina como en la femenina y una continuidad de resultados que no tiene equivalente en ninguna otra selección del mundo. La historia de cómo Brasil se convirtió en la potencia dominante del voleibol es, al mismo tiempo, la historia de un sistema deportivo que funciona.
El voleibol llegó a Brasil a principios del siglo XX, traído por misioneros norteamericanos de la misma forma que llegó a decenas de países en desarrollo. Pero en Brasil encontró un terreno especialmente fértil: el clima, la cultura del deporte en espacios abiertos y la tradición de los deportes de equipo hicieron que el voleibol arraigara en playas, patios de escuelas y clubs de barrio con una naturalidad que en pocos lugares del mundo tiene parangón. El voley de playa y el voley de sala se convirtieron en dos caras de la misma moneda cultural.
Los primeros grandes éxitos masculinos
La selección masculina brasileña comenzó a aparecer en los primeros planos del voleibol mundial en la década de 1980, ganando su primer Campeonato del Mundo en 1992 y conquistando el oro olímpico en Barcelona ese mismo año. Fue el inicio de una hegemonía que se extendería durante décadas: con jugadores como Mauricio Lima, Giovane Gávio y, más tarde, Giba, Brasil dominó el voleibol masculino mundial con una mezcla de potencia física, técnica refinada y una intensidad competitiva que resultaba difícil de igualar.
Giba, nacido en 1976 en Londrina, es el emblema de esa generación. Tres veces mejor jugador del mundo, ganador de tres Campeonatos del Mundo y dos oros olímpicos (Atenas 2004 y Pekín 2008), Giba definió con su juego explosivo y su carisma lo que el voleibol masculino podía ser en su máxima expresión. Su retiro, en 2014, dejó un vacío que tardó años en cubrirse.
El ascenso del voleibol femenino brasileño
Si la selección masculina fue la primera en llegar a la élite, la femenina la igualó y en algunos períodos la superó en consistencia. Con figuras como Fernanda Venturini en los años 90, Sheilla Castro en los 2000 y una generación brillante que ganó los oros olímpicos de Londres 2012 y Río 2016, el voleibol femenino brasileño se convirtió en el referente absoluto de la disciplina.
El oro de Río 2016, conseguido ante Brasil en su propio país y con una final ante Serbia que el público vivió con una intensidad desbordante, fue el punto culminante de una era dorada. La capitana Sheilla Castro, que había ganado plata en Pekín 2008 y oro en Londres 2012, se convirtió en una leyenda viva del voleibol mundial.
La Superliga y el sistema que alimenta la selección
Detrás de los resultados internacionales hay un sistema bien engrasado: la Superliga Brasileña, tanto masculina como femenina, es considerada una de las mejores ligas de voleibol del mundo. Los clubs más potentes —Sada Cruzeiro en masculino, Osasco y Dentil Praia Clube en femenino— compiten a nivel internacional en la Champions League de América y en los Mundiales de Clubes, donde también han cosechado títulos.
Esta liga de alto nivel permite que los jugadores brasileños desarrollen su talento en condiciones de máxima exigencia antes incluso de llegar a la selección nacional, y que los mejores puedan luego exportarse a ligas europeas con un rodaje que los convierte en jugadores inmediatamente competitivos. El círculo virtuoso entre liga nacional y selección ha sido el motor del éxito brasileño durante décadas.