Abrir el cuadro de resultados de cualquier Grand Slam de bádminton o de un Campeonato del Mundo es un ejercicio de previsibilidad: los nombres son chinos, indonesios, coreanos, malayos o de Tailandia. La presencia de un europeo o un americano en una final no es imposible, pero sí es noticia. La dominación asiática del bádminton no es un accidente histórico: es el resultado de décadas de inversión, cultura y estructura.
Indonesia: el país donde el bádminton es religión
Indonesia es el único país que ha ganado medallas de bádminton en todos los Juegos Olímpicos desde que el deporte fue incluido en el programa olímpico en 1992. En un país con más de 270 millones de habitantes y una pasión desbordante por el deporte de la raqueta, el bádminton no es simplemente popular: es el símbolo deportivo nacional.
El éxito indonesio se explica por la existencia de una infraestructura de clubes y academias que capta talentos desde los seis o siete años. Equipos como el PB Djarum o el PB Jaya Raya han sido durante décadas auténticas canteras de jugadores de élite. El presupuesto privado volcado en el bádminton indonesio no tiene equivalente en ningún otro país.
China: la maquinaria perfecta
Si Indonesia es la pasión, China es la ciencia. El sistema deportivo chino identificó el bádminton como un deporte en el que podría dominar globalmente y construyó alrededor de esa idea una estructura nacional de alto rendimiento que no tiene equivalente en ningún otro deporte. Las academias provinciales alimentan a la academia nacional, que produce generación tras generación de jugadores de élite en todas las modalidades.
El resultado es que China ha ganado más medallas olímpicas de bádminton que ningún otro país. En las categorías de dobles —mixtos, masculinos y femeninos— su dominio ha sido prácticamente absoluto durante períodos enteros.
Corea del Sur: la escuela de la precisión
Corea del Sur aporta al bádminton asiático un estilo propio: jugadores muy técnicos, de juego rápido y preciso, con una preparación física extraordinaria. La escuela coreana ha producido campeones olímpicos en individual y en dobles, y su liga nacional es una de las más competitivas del mundo.
El caso de Lee Yong-dae, doble medallista olímpico y uno de los mejores doblistas de la historia, o el de Park Joo-bong, que ganó tres títulos mundiales para Corea antes de convertirse en el seleccionador de Japón y llevarla a un nivel completamente nuevo, ilustran la profundidad del talento coreano.
El desafío europeo
La irrupción de Carolina Marín —tres veces campeona del mundo y campeona olímpica— o los éxitos daneses han demostrado que el monopolio asiático puede romperse puntualmente. Pero para que Europa pueda competir de tú a tú de forma sistemática necesitaría replicar algo difícil de exportar: una cultura donde el bádminton sea el deporte favorito de toda una nación.