La mayoría de deportes tienen al portero como un elemento fijo del equipo, inamovible del área. En el fútbol, si el portero sale demasiado, se convierte en protagonista de bloopers. En el balonmano, su ausencia es una táctica perfectamente legítima con nombre propio. Y ha cambiado para siempre cómo se viven los últimos minutos de un partido.
La regla que permite lo impensable
El reglamento del balonmano permite que en cualquier momento del partido, sin avisar al árbitro y sin necesidad de parar el juego, un equipo retire a su portero y lo sustituya por un séptimo jugador de campo. El portero simplemente sale del área, un jugador de campo entra con una camiseta diferente (para que el árbitro pueda identificarlo), y el equipo queda con la portería vacía.
La táctica tiene un nombre sencillo en el argot del balonmano: jugar con portero-jugador o simplemente el siete contra seis. Siete jugadores atacantes contra seis defensores y una portería vacía.
Por qué funciona (y cuándo puede salir muy mal)
La lógica es puramente matemática. Con siete jugadores atacantes contra seis defensores, el equipo tiene una superioridad numérica permanente. En el ataque posicional, esto crea siempre una situación de ventaja: siempre hay alguien libre o con la marca menos ajustada. Los equipos que dominan esta táctica pueden marcar con relativa facilidad cuando el rival no ajusta bien su defensa.
El precio a pagar es gigantesco: la portería está vacía. Si el equipo defensor recupera el balón —por una intercepción, un robo, un contraataque— y lanza antes de que el portero tenga tiempo de volver, el gol está prácticamente garantizado. Un lanzamiento desde la posición de pivote o de extremo hacia una portería sin portero es uno de los gestos más sencillos del balonmano.
Por eso esta táctica se usa casi exclusivamente en los minutos finales, cuando un equipo va perdiendo por uno o dos goles y el tiempo se agota. La presión del marcador convierte el riesgo en razonable. Y cuando funciona, produce algunos de los momentos más dramáticos del deporte.
Los finales que cambiaron el deporte
El uso sistemático del portero-jugador se generalizó en el balonmano de élite a partir de los años 90. Antes era una táctica ocasional; hoy es casi obligatoria para cualquier entrenador en situación de desventaja en los últimos cinco minutos.
En grandes competiciones como el Campeonato del Mundo o los Juegos Olímpicos, el portero-jugador ha decidido partidos cruciales. España, conocida por su uso sofisticado de esta táctica bajo entrenadores como Talant Dujshebaev y Jordi Ribera, ha convertido los finales de partido en una especialidad nacional.
La táctica también ha generado debates sobre el espectáculo y la deportividad. Cuando funciona, produce una remontada apasionante. Cuando sale mal, el equipo que iba perdiendo acaba haciéndolo por tres o cuatro goles en lugar de uno, y el final del partido pierde toda emoción.
Esa tensión entre genio táctico y suicidio deportivo es lo que hace al portero-jugador una de las ideas más fascinantes del deporte de equipo moderno.