David Barrufet Vidal nació el 19 de agosto de 1970 en L’Hospitalet de Llobregat, en el área metropolitana de Barcelona. Crecer en esa ciudad en los años setenta significaba vivir cerca del FC Barcelona, y esa proximidad geográfica y emocional con el club catalán definiría toda su vida deportiva. Barrufet se convirtió en el portero icónico del Barça durante más de veinte años, en el símbolo de una era dorada del balonmano español y europeo, y en el mejor guardameta que ha dado el balonmano de nuestro país.
Una carrera de una sola camiseta
En el fútbol y en otros deportes de equipo, la lealtad a un único club es cada vez más infrecuente. En el balonmano europeo, con sus transferencias constantes y sus contratos de alto nivel, es casi un milagro. Barrufet lo hizo: desarrolló toda su carrera profesional en el FC Barcelona, desde que debutó en el equipo a principios de los noventa hasta su retirada en 2011. Más de dos décadas bajo el mismo escudo, enfrentándose a los mejores lanzadores del mundo en las mejores competiciones del planeta.
Esa fidelidad no fue resignación sino elección consciente. El Barça de esa época era uno de los clubes más poderosos del balonmano europeo, lo que significaba que Barrufet podía aspirar a todos los títulos posibles sin necesidad de marcharse. Y los ganó casi todos.
Los títulos europeos y el dominio continental
La primera Liga de Campeones de la EHF llegó en 1991, cuando Barrufet aún era relativamente joven. Fue el inicio de una relación con el título europeo que se repetiría en 1996, 1997 y 1999. Cuatro Copas de Europa en nueve años convirtieron al FC Barcelona en el club más ganador de la historia de la competición hasta ese momento, y a Barrufet en el guardameta que más veces había levantado ese trofeo.
A nivel nacional, los títulos en la Liga ASOBAL y la Copa del Rey fueron prácticamente una constante. El Barça de esa época dominaba el balonmano español con una regularidad que no tenía parangón en ningún otro deporte colectivo del país.
Lo que hacía especial a Barrufet no era solo la capacidad de detener lanzamientos —que la tenía, y en abundancia—, sino su influencia sobre el juego del equipo desde la portería. Era el primer punto de ataque tras una parada: su distribución del balón podía iniciar un contraataque en décimas de segundo, antes de que la defensa rival se reorganizara. Los entrenadores del Barça construían parte del modelo de juego sobre esa capacidad de transición inmediata que ofrecía su portero.
El Mundial de 2005: la guinda de la carrera
Con treinta y cuatro años, Barrufet fue convocado para el Campeonato del Mundo de 2005 en Túnez. Nadie esperaba que España llegara lejos en ese torneo: el balonmano español tenía talento emergente pero no era considerado favorito. Lo que siguió fue una de las mayores sorpresas de la historia del balonmano mundial.
España ganó el Mundial, y Barrufet fue fundamental en el camino. Su experiencia acumulada, su serenidad en los momentos decisivos y su capacidad de detener lanzamientos en las situaciones más comprometidas pusieron a la selección en condiciones de creer que podía ganar. Fue su primer y único título mundial, y lo ganó en el mejor momento posible: al final de una carrera extraordinaria, cuando su experiencia era mayor que nunca.
El portero que lo vio todo
Barrufet jugó en una época en que el balonmano europeo vivió su mayor transformación táctica y física. Cuando empezó, los extremos todavía lanzaban principalmente desde los ángulos; cuando terminó, el juego había evolucionado hacia lanzamientos más potentes, más variados y más difíciles de anticipar. Adaptarse a esa evolución a lo largo de dos décadas requirió una capacidad de aprendizaje continuo que pocos deportistas demuestran.
En sus últimos años de carrera, Barrufet no era el portero más explosivo de la competición, pero sí el más inteligente. Sabía dónde colocarse, conocía los hábitos de lanzamiento de cada rival y aprovechaba cada pequeña ventaja que la experiencia le daba. Esa sabiduría acumulada fue su arma principal cuando la velocidad de reacción ya no era la misma que a los veinticinco años.
Legado en el balonmano español
David Barrufet se retiró en 2011, después de cuarenta años con el balonmano como centro de su vida. Su legado es múltiple: los títulos, la fidelidad al club, el campeonato del mundo, pero sobre todo el estándar que estableció para lo que debe ser un portero de élite en el balonmano español. Todos los guardametas que llegaron después del Barça y de la selección nacional crecieron con su imagen como referencia.
Es, sencillamente, el mejor portero de balonmano que ha dado España.