El central es la posición más intelectual del balonmano. Situado en el centro de la segunda línea ofensiva (a unos 9 metros de la portería), es el director de orquesta del ataque: lee la defensa rival, decide cuándo acelerar o ralentizar el juego, distribuye el balón a los compañeros mejor colocados y busca crear ventajas numéricas o de espacios para que los laterales y extremos puedan lanzar. En muchos equipos, el central también ejecuta las jugadas ensayadas y las bloqueadas de los lanzamientos de 7 metros.
El perfil del central combina inteligencia táctica, control del balón bajo presión y habilidad para penetrar la defensa en las situaciones adecuadas. Cuando la defensa rival se cierra demasiado, el central puede buscar espacios libres para penetrar hasta el área y lanzar o asistir al pivot. Esta capacidad de desequilibrar desde el centro obliga a la defensa a prestar atención al balón, abriendo espacios para los laterales. La amenaza del lanzamiento propio del central es lo que mantiene tensionada la defensa.
Históricamente, el central ha sido la posición más influyente en los grandes equipos de balonmano. Figuras como el español Talant Dujshebaev, el croata Ivano Balic —considerado el mejor jugador de la historia del deporte— o el danés Mikkel Hansen han demostrado que un central excepcional puede elevar al completo al resto del equipo. En el balonmano femenino, destacan centrales como Cristina Neagu o Heidi Löke. La visión de juego y la capacidad de decisión rápida son las cualidades que distinguen a los mejores.