La historia del balonmano español en los Juegos Olímpicos es una historia de un momento glorioso fundacional —la plata de Barcelona 1992— y de una búsqueda constante de repetir aquella hazaña en el torneo más importante del deporte mundial. Aunque España se ha convertido en una potencia del balonmano internacional gracias a sus tres oros mundiales, el torneo olímpico ha resultado ser el desafío más esquivo para Los Hispanos.
Barcelona 1992: la plata que lo cambió todo
Los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 fueron el escenario del primer gran éxito del balonmano español en una competición internacional. La selección masculina, que jugaba en casa ante un público entregado, realizó un torneo de altísimo nivel y alcanzó la final olímpica, un hito sin precedentes para el deporte nacional.
En aquella final, disputada en el Palau Sant Jordi de Barcelona ante miles de espectadores, España se enfrentó a la Comunidad de Estados Independientes (CIS), el equipo formado por los países de la antigua Unión Soviética en su primera y única participación bajo esa denominación. El partido fue muy igualado, pero los jugadores del CIS —muchos de ellos herederos de la gran tradición soviética del balonmano— se impusieron y se llevaron el oro. España obtuvo la medalla de plata, la primera y hasta hoy única medalla olímpica del balonmano español.
Aquella plata tuvo un efecto catalizador enorme: demostró que España podía competir con los mejores del mundo y sentó las bases psicológicas y técnicas sobre las que se construiría el dominio posterior de Los Hispanos en los Campeonatos del Mundo.
La generación de Barcelona: los protagonistas de la plata
El equipo que logró la plata en 1992 estaba formado por una generación de jugadores que habían crecido con el balonmano español en plena expansión. David Barrufet, que ya apuntaba maneras en la portería, compartió vestuario con Ángel Hermida, Jordi Núñez, Jesús Pérez y otros jugadores que durante años habían defendido los colores de grandes clubs españoles.
El seleccionador de aquella histórica expedición condujo al equipo con una filosofía de juego colectivo y disciplinado que resultó ser la clave para superar a rivales de mayor tradición en las rondas previas a la final. Barcelona 1992 es recordada en el imaginario del balonmano español como el momento fundacional de la era dorada que vendría después.
La trayectoria olímpica posterior
Tras la plata de 1992, el balonmano español masculino ha tenido una relación irregular con los Juegos Olímpicos. El proceso de clasificación para el torneo olímpico es complejo: requiere pasar por un torneo preolímpico o lograr el billete a través de los resultados en el Mundial o el Europeo anterior, y no siempre ha resultado favorable para Los Hispanos.
España participó en los Juegos de Atlanta 1996, donde no pudo repetir el rendimiento de Barcelona. En las siguientes ediciones, Los Hispanos han alternado presencias y ausencias en el torneo olímpico, una circunstancia que contrasta con su dominio en los Mundiales. El torneo olímpico, con su formato corto y la alta densidad de equipos de primer nivel, presenta una variabilidad mayor que justifica este tipo de resultados dispares.
En los Juegos de Tokio 2020 (disputados en 2021), España no logró clasificarse para el torneo masculino, lo que supuso una decepción para Los Hispanos, que ese mismo año ganarían el oro mundial en Egipto. Esta paradoja —ser campeones del mundo sin estar en los Juegos— ilustra la dificultad específica del proceso de clasificación olímpica.
El balonmano femenino y los Juegos Olímpicos
La selección española femenina, Las Guerreras, ha tenido más dificultades todavía para acceder al torneo olímpico de balonmano, una competición donde las plazas son más reducidas y la competencia europea —con selecciones como Noruega, Países Bajos, Francia o Dinamarca— es extraordinariamente exigente. Sin embargo, el crecimiento del equipo en los últimos años, coronado por el bronce mundial de 2021, ha aumentado sus posibilidades de clasificación para futuras ediciones de los Juegos.
El objetivo de Las Guerreras es claro: estar presentes en los próximos Juegos Olímpicos y competir por las medallas en el torneo femenino, cerrando así el ciclo que empezó con la primera gran generación de jugadoras y que el bronce mundial ha situado al alcance.