El polígono es el escenario donde se decide buena parte del resultado en biatlón. Es allí donde el esfuerzo físico del esquí se confronta con la exigencia de la precisión: el biatleta llega con el pulso disparado tras varios kilómetros de carrera y dispone de apenas segundos para convertirse, en la medida de lo posible, en un tirador sereno y controlado. La capacidad de gestionar esta transición es uno de los rasgos que distingue a los mejores biatletas del mundo.
El diseño del polígono está estandarizado por la IBU. Los blancos se colocan a exactamente 50 metros de los puestos de tiro y tienen diámetros distintos según la posición: 45 mm para la posición tumbada y 115 mm para la posición de pie. Cuando un blanco es impactado, un mecanismo metálico lo cierra mostrando una cara negra; si el disparo falla, el blanco permanece abierto mostrando el color claro del objetivo, visible tanto para el tirador como para el público y los comentaristas.
El número de puestos de tiro disponibles en el polígono varía según el estadio y el tipo de prueba. En las salidas masivas y los relevos, varios biatletas pueden disparar simultáneamente en puestos adyacentes, lo que añade cierta presión psicológica. El orden de llegada al polígono y la rapidez con la que el atleta completa su serie de cinco disparos tienen un impacto directo en el resultado final, especialmente en las pruebas de sprint y persecución donde el tiempo total es el criterio de clasificación.