Los clavados se practican desde dos tipos de instalación completamente distintos: el trampolín flexible y la plataforma rígida. Aunque los principios técnicos son similares (impulso, vuelo, entrada al agua), las diferencias entre ambos son suficientemente grandes como para considerarlos especialidades independientes en los Juegos Olímpicos.
El trampolín: rebote y sincronización
El trampolín de 1 metro es el punto de partida de casi todos los clavadistas. Su superficie flexible devuelve parte de la energía del impulso, lo que permite al saltador ganar más altura que desde una superficie rígida. Sin embargo, esto también introduce un elemento de complejidad: hay que sincronizarse con el ritmo del trampolín.
Si el clavadista no llega al punto más bajo del trampolín en el momento correcto, el rebote será inconsistente y el salto, descontrolado. Esta sincronización es un aprendizaje en sí mismo que toma tiempo y repetición.
El trampolín de 3 metros se usa en competición olímpica individual y sincronizado. La mayor altura añade más tiempo de vuelo, lo que permite ejecutar clavados de mayor dificultad (más rotaciones o combinaciones de tornillos).
La plataforma: velocidad y valentía
Las plataformas son superficies completamente rígidas, sin rebote. Todo el impulso viene del clavadista. Se encuentran a alturas de 5, 7,5 y 10 metros, siendo la de 10 metros la que se usa en competición olímpica.
Desde 10 metros, el tiempo de vuelo es de aproximadamente 1,6 segundos y la velocidad de entrada al agua supera los 50 km/h. Esta combinación de velocidad y altura exige una técnica muy depurada: los errores en la alineación de entrada son mucho más dolorosos (y peligrosos) que en trampolín.
La plataforma también permite clavados exclusivos como los de brazos (grupo 6), en los que el clavadista inicia desde un equilibrio de manos sobre el borde.
Preparación específica para cada modalidad
Los clavadistas de trampolín trabajan mucho la sincronización con el aparato y la consistencia del rebote. Los de plataforma desarrollan una mayor tolerancia psicológica a la altura y un control corporal más estricto en el vuelo. Muchos clubes de formación introducen ambas modalidades en etapas tempranas para desarrollar una base técnica completa antes de la especialización.