El wicket es el elemento central e icónico del cricket, el objetivo que el equipo en campo intenta derribar y que el bateador defiende con su bate. Está formado por tres estacas de madera —llamadas stumps— clavadas en el suelo en línea recta, de 71,1 cm de alto y separadas de forma que la bola no pase entre ellas sin tocarlas. Sobre las dos ranuras superiores exteriores descansan los bails, dos pequeños cilindros de madera que completan la estructura. Hay dos wickets en un campo de cricket, uno en cada extremo del pitch, separados por 22 yardas (aproximadamente 20 metros).
La doble función del término refleja la lógica fundamental del juego. El equipo atacante intenta tomar wickets —eliminar bateadores— para reducir la capacidad anotadora del equipo rival. Cada bateador eliminado representa un wicket caído, y cuando el equipo pierde todos sus wickets disponibles el innings concluye. En este sentido, la economía de wickets es para el batting team lo que los runs son para el equipo en campo: el recurso más valioso que hay que gestionar con cuidado durante toda la partida.
En el cricket moderno, los wickets también tienen una dimensión tecnológica. Los árbitros de video utilizan cámaras de alta velocidad para determinar si la pelota habría golpeado el wicket en casos de LBW, y existen sistemas de detección de sonido —Snicko y Ultra-Edge— para saber si la pelota tocó el bate antes de ser atrapada. Los bails electrónicos con LED incorporado, usados en el cricket profesional internacional, facilitan la detección de derribos en condiciones de luz difícil y añaden un componente visual espectacular a las retransmisiones televisivas.