El slalom es la disciplina técnica por excelencia del esquí alpino. Se disputa en una pista con pendiente moderada en la que se instalan entre 45 y 75 puertas formadas por parejas de banderines (uno rojo y uno azul alternativamente), colocadas muy cerca entre sí. El esquiador debe pasar por todas ellas con los esquís, lo que obliga a realizar una sucesión continua y rapidísima de giros cortos que demandan una técnica depurada y una gran capacidad de concentración.
La velocidad en slalom es menor que en las disciplinas más largas —los mejores esquiadores alcanzan entre 40 y 60 km/h en el recorrido—, pero la demanda técnica es máxima. Los esquiadores de elite utilizan esquís cortos y rígidos diseñados específicamente para giros rápidos, y perfeccionan durante años la habilidad de anticipar cada puerta, colocarse correctamente antes de cada curva y mantener el equilibrio en posiciones extremas. Una puerta saltada o tocada con el cuerpo incorrecto implica descalificación.
En la Copa del Mundo de esquí alpino, el slalom se disputa generalmente en dos mangas: la suma de los dos tiempos da la clasificación final. Esta doble vuelta introduce un factor de gestión del riesgo único: ir muy rápido en la primera manga implica desgastar más la nieve y aumentar las posibilidades de error en la segunda. Los slalomistas de más éxito histórico, como Ingemar Stenmark, Alberto Tomba o Marcel Hirscher, son conocidos por su dominio casi quirúrgico de las puertas y su capacidad para encontrar la línea perfecta en cualquier tipo de nieve.