La Fórmula 1 nació en 1950 sobre una Europa que todavía lamía las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Los circuitos eran carreteras normales cerradas al tráfico, los coches eran máquinas sin ninguna de las protecciones que damos por sentadas hoy, y los pilotos afrontaban cada carrera sabiendo que podía ser la última. El espectáculo era inmenso y el precio, a veces, también.
El primer gran premio: Silverstone, 13 de mayo de 1950
El Gran Premio de Gran Bretaña de 1950 es el punto de partida oficial del Campeonato del Mundo de Fórmula 1. Se celebró en el aeródromo militar de Silverstone, reconvertido en circuito de carreras tras la guerra. La familia real británica asistió al evento, lo que dio al estreno una solemnidad inusitada.
Ganó Giuseppe Farina, piloto italiano del equipo Alfa Romeo, que ese mismo año se convertiría en el primer campeón del mundo de la historia de la F1. Su estilo era reconocible: brazos extendidos, espalda recta, posición casi rígida frente al volante. Lo que nadie podía ver era que Farina, como todos sus contemporáneos, corría sin cinturón de seguridad. Los pilotos de la época consideraban que salir despedido del coche en un accidente era más seguro que quedar atrapado dentro si ardía.
Los años salvajes: una muerte por temporada
El período entre 1950 y 1975 fue brillante y devastador en partes iguales. El listado de pilotos muertos en acción durante esas dos décadas y media incluye algunos de los nombres más grandes del deporte: Alberto Ascari, bicampeón del mundo; Wolfgang von Trips, que murió en Monza 1961 junto a 15 espectadores; Jim Clark, considerado por muchos el mejor piloto de la historia hasta su muerte en 1968; Jochen Rindt, campeón del mundo 1970 de forma póstuma al morir en los entrenamientos de Monza antes del final de la temporada.
La frase que circulaba en los paddocks de la época era escalofriante: si empezabas la temporada con una lista de diez compañeros pilotos de élite, las estadísticas decían que para el final del año uno de ellos estaría muerto.
Niki Lauda y el punto de inflexión
La muerte que no llegó a producirse cambió la Fórmula 1 más que muchas de las que sí ocurrieron. En el Gran Premio de Alemania de 1976 en el Nürburgring, el austriaco Niki Lauda sufrió un accidente catastrófico que incendió su Ferrari. Quedó atrapado en las llamas durante más de 40 segundos antes de ser rescatado por otros pilotos.
Los médicos le dieron pocas posibilidades de sobrevivir. Lauda no solo sobrevivió: volvió a correr 40 días después en el Gran Premio de Italia, con las cicatrices todavía frescas y las orejas parcialmente destruidas. Esa temporada perdió el campeonato por medio punto frente a James Hunt, en lo que sigue siendo la rivalidad deportiva más dramática de la historia de la F1.
El accidente de Lauda fue el catalizador que empujó a la FIA a tomar en serio la seguridad del deporte. Las barreras protectoras, las zonas de escape y la evolución de los cascos homologados arrancaron en serio a partir de ese momento.
El milagro de Ayrton Senna… y su tragedia
Ayrton Senna es probablemente el piloto más carismático de la historia de la F1. Tricampeón del mundo (1988, 1990, 1991), su talento en la lluvia, su habilidad en clasificación y su intensidad competitiva lo convirtieron en una leyenda mientras todavía competía.
Lo que hace su historia todavía más impactante es el contexto de su muerte: murió en el Gran Premio de San Marino de 1994, en Imola, en la curva del Tamburello, durante una carrera que ya había cobrado la vida de Roland Ratzenberger el día anterior en los entrenamientos. En ese mismo fin de semana, Rubens Barrichello había sufrido un accidente grave el viernes.
La muerte de Senna sacudió al mundo entero —fue retransmitida en directo y vista por cientos de millones de personas— y marcó el inicio de la era de seguridad moderna en la F1. Los circuitos fueron radicalmente rediseñados, los coches reforzados y los estándares de protección elevados hasta hacer que las muertes en carrera sean hoy extraordinariamente raras.