Nadia Elena Comaneci nació el 12 de noviembre de 1961 en Onești, Rumanía. Es la gymnasta que inventó el concepto de la perfección en la gimnasia artística: su primer 10 perfecto en Montreal 1976, conseguido con solo 14 años, es uno de los momentos más icónicos de la historia del deporte olímpico.
El descubrimiento: Béla Károlyi y el patio del colegio
La historia de Nadia Comaneci comenzó con un encuentro fortuito. En 1967, cuando tenía seis años, el entrenador Béla Károlyi y su esposa Márta recorrían los colegios de Onești buscando niñas con talento para el nuevo programa de gimnasia de la ciudad. En un patio de recreo, vieron a una niña pequeña haciendo carreritas y volteretas con una naturalidad y una alegría que les llamó la atención. Era Nadia.
Károlyi la convenció de unirse a su grupo de entrenamiento. La pequeña Nadia tenía algo que no se puede enseñar: una facilidad innata para el movimiento, una propioceptión —el sentido del cuerpo en el espacio— excepcionalmente desarrollada, y una determinación que sorprendía para su edad.
Los primeros años de entrenamiento fueron intensos. Károlyi era conocido por sus métodos exigentes, y el sistema de entrenamiento soviético que seguía el deporte rumano no admitía medias tintas. Nadia entrenaba durante horas cada día, lejos de su familia, en el centro deportivo de Onești.
El ascenso: Europa bajo sus pies
En 1975, con 13 años, Nadia Comaneci ganó el Campeonato Europeo de Gimnasia Artística con puntuaciones que asombraron al continente. Sus movimientos en las barras asimétricas y en la barra de equilibrio combinaban una limpieza técnica absoluta con una audacia que las gymnastic mayores no se atrevían a mostrar.
Cuando llegó a Montreal en julio de 1976, era una de las favoritas, pero el 10 perfecto seguía siendo un concepto más filosófico que deportivo. Nadie lo había conseguido nunca. Nadie pensaba realmente que fuera posible.
Montreal 1976: siete 10 perfectos y tres oros
El 18 de julio de 1976, Nadia Comaneci subió a las barras asimétricas en el Forum de Montreal. Lo que siguió fue uno de los ejercicios más perfectos que la gimnasia había visto: cada elemento en su posición exacta, cada transición fluida, cada detalle ejecutado sin una décima de margen de error visible. Los jueces deliberaron y llegaron a la conclusión inevitable: 10.00.
El marcador electrónico mostró 1.00 porque no estaba programado para mostrar el 10. El mundo tardó unos segundos en entender lo que había pasado. La ovación fue histórica.
Comaneci no se detuvo ahí: en los diez días que duró la competición olímpica, consiguió siete 10 perfectos distribuidos en diferentes aparatos y rondas. Ganó el oro en barras asimétricas, el oro en barra de equilibrio (sus especialidades más brillantes), el oro por equipos, la plata en el concurso completo individual y el bronce en suelo.
Con 14 años, se convirtió en la referencia suprema de la gimnasia artística.
Moscú 1980 y el final bajo el régimen
En los Juegos de Moscú 1980, con 18 años y un cuerpo que ya no era el de la niña delgada de 1976, Nadia volvió a ganar oro: en barra de equilibrio y en suelo por equipos. Pero la polémica acompañó esos Juegos: en el concurso completo individual, la gymnasta soviética Yelena Davydova ganó el oro con una nota final que muchos consideraron excesiva y que privó a Comaneci del título. Las abucheos del público durante la ceremonia de entrega de medallas fueron una de las escenas más tensas de la historia de la gimnasia olímpica.
Comaneci se retiró de la competición en 1984. Lo que siguió fueron años difíciles bajo el control del régimen de Ceaușescu, que la utilizaba como símbolo del Estado. En 1989, con el comunismo a punto de caer, huyó caminando por la noche a través de la frontera rumano-húngara, con un grupo de disidentes, en condiciones de película de espionaje.
La vida después de la gimnasia
Establecida en Estados Unidos, Nadia Comaneci encontró la vida libre que nunca había tenido en Rumanía. Se casó con el gymnasta americano Bart Conner, campeón olímpico en Los Ángeles 1984, y fundó con él una escuela de gimnasia en Oklahoma. Ha dedicado gran parte de su vida post-deportiva a la promoción de la gimnasia artística y a causas humanitarias.
El 10 perfecto que marcó el reloj de Montreal aquel julio de 1976 sigue siendo el símbolo más poderoso de lo que la gimnasia artística puede alcanzar: la perfección absoluta, medida, juzgada y reconocida, conseguida por una niña de 14 años que simplemente hacía lo que mejor sabía hacer.