El sistema anterior: puntuación sobre 10
Durante más de cien años, la gimnasia artística vivió bajo el paradigma del 10. Ese número redondo, simple y absoluto era la medida de la perfección. Cuando Nadia Comaneci lo consiguió en Montreal 1976, el deporte encontró su referencia suprema: el 10 perfecto era el Everest de la gimnasia, el destino que justificaba años de entrenamiento y sacrificio.
El sistema tenía una lógica clara: todos los ejercicios se evaluaban sobre un máximo de 10 puntos, y los jueces decidían cuántas décimas deducir por los defectos técnicos y artísticos observados. Era un sistema de puntuación por deducción: se partía de la perfección y se bajaba según los errores.
El problema era que ese sistema mezclaba en una sola nota dos dimensiones muy distintas: la dificultad de lo que el gimnasta intentaba hacer y la calidad con que lo hacía. Un ejercicio muy difícil pero ejecutado con errores podía recibir la misma nota que un ejercicio moderado ejecutado perfectamente, lo que creaba una ambigüedad fundamentamental sobre qué premiaba realmente la nota.
La crisis de Atenas 2004: el detonante del cambio
Los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 pusieron al descubierto la fragilidad del sistema de puntuación subjetivo. El caso más dramático fue la final masculina de barra fija. El americano Paul Hamm, campeón del concurso completo con una remontada épica, llegó a la final de barra fija como uno de los favoritos.
La controversia estalló cuando el jurado de dificultad no reconoció correctamente la nota de dificultad del ejercicio del surcoreano Yang Tae-young, que terminó con la medalla de bronce. Un análisis posterior reveló que la nota había sido calculada incorrectamente: con la nota correcta, Yang habría ganado el oro. La FIG sancionó a los jueces implicados y reconoció el error, pero se negó a modificar los resultados porque ya había concluido el período de reclamación.
El escándalo, ampliamente cubierto por los medios internacionales, convenció a la FIG de que el sistema de puntuación necesitaba una reforma radical.
El nuevo Código de Puntos: 2006
En 2006, la FIG implementó el nuevo Código de Puntos con un sistema de puntuación abierto, sin límite superior. El cambio fundamental fue la separación total entre la nota de dificultad y la nota de ejecución:
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La nota de dificultad (D-score) mide objetivamente la complejidad técnica del ejercicio. Está determinada por los valores asignados a cada elemento en las tablas del Código de Puntos, que todos los jueces aplican de la misma manera. Es una nota que en teoría puede crecer indefinidamente a medida que los gimnastas desarrollan elementos más difíciles.
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La nota de ejecución (E-score) sigue siendo el sistema de deducción desde 10, pero ahora se evalúa de forma completamente separada de la dificultad. Los jueces de ejecución no conocen la nota de dificultad mientras evalúan, para que no les influya.
La nota final es la suma de ambas. Con una D-score de 6,5 y una E-score de 8,7, la nota sería 15,2. No hay ningún máximo posible.
El impacto: la carrera hacia la dificultad
El nuevo sistema tuvo consecuencias inmediatas sobre la dirección técnica del deporte. Puesto que la D-score podía crecer sin límite, los gimnastas y sus entrenadores comenzaron a desarrollar elementos progresivamente más difíciles para inflar esa nota. La carrera por la dificultad que se desencadenó en los años siguientes a 2006 cambió la cara de la gimnasia artística.
Este proceso alcanzó su máxima expresión con Simone Biles, que a partir de 2013 comenzó a ejecutar elementos de una dificultad tan extrema que la FIG tuvo que crear nuevas letras en su escala de valores (antes de la H, ahora existe también la I y en algunos casos se habla de J) para catalogarlos. Biles ha tenido varios elementos nombrados en su honor en diferentes aparatos, todos ellos en las categorías de mayor dificultad.
El debate permanente
La reforma de 2006 resolvió algunos problemas pero generó otros. La separación entre dificultad y ejecución hace el deporte más objetivo en teoría, pero el cálculo del D-score sigue siendo complejo y susceptible de errores y disputas. Los escándalos de puntuación no han desaparecido completamente.
Hay también un debate filosófico no resuelto: ¿la nueva gimnasia, obsesionada por la dificultad, ha sacrificado la elegancia y la artística que hacían del deporte algo parecido a la danza? El equilibrio entre la complejidad técnica y la belleza de la ejecución sigue siendo uno de los grandes debates de la gimnasia artística en el siglo XXI.