En el mundo del automovilismo, donde el podio suele celebrarse con champán y aspersiones de espumoso, las 500 Millas de Indianapolis tienen una tradición única: el ganador bebe leche. No champán, no agua, no ningún refresco patrocinado: leche fría, en una botella blanca, ante 250.000 espectadores y decenas de millones de telespectadores de todo el mundo. Es una de las costumbres más curiosas, más queridas y más indestructibles del deporte.
El origen: Louis Meyer y el suero de leche
Todo comenzó en 1936 con Louis Meyer, un piloto californiano que ganó el Indy 500 por tercera vez ese año. Meyer tenía la costumbre de beber suero de leche —buttermilk— después de grandes esfuerzos físicos, una práctica que consideraba buena para la recuperación. Al cruzar la meta victorioso, pidió un vaso de su bebida habitual para refrescarse.
La escena fue fotografiada por los periodistas presentes y las imágenes aparecieron en los periódicos de todo el país al día siguiente. Un ejecutivo de la Milk Foundation (una organización del sector lácteo americano) vio las fotos y comprendió el potencial publicitario de la imagen: el ganador de la carrera más famosa del mundo, bebiendo leche después de su victoria. Era publicidad perfecta y gratuita.
A partir de 1937, la organización comenzó a ofrecer leche al ganador de forma sistemática, y la costumbre se fue consolidando año tras año hasta convertirse en una tradición tan arraigada que intentar romperla se percibe como una falta de respeto a la historia de la carrera.
La elección: entera, semi o desnatada
Con el tiempo, la tradición se fue sofisticando. Los ganadores podían elegir el tipo de leche preferido —entera, semidesnatada o desnatada— y esa elección se comunicaba a los organizadores antes de la carrera. La botella refrigerada con el tipo de leche correcto esperaba en la línea de meta, lista para ser entregada al ganador en el momento de cruzar la línea de llegada.
Esta pequeña decisión personal se fue convirtiendo en un elemento de curiosidad adicional para los medios de comunicación: ¿qué leche había elegido el ganador? ¿Entera, como los puristas? ¿Desnatada, como los más modernos?
La controversia de Fittipaldi
La tradición tuvo su momento de mayor tensión en 1993, cuando el brasileño Emerson Fittipaldi ganó el Indy 500 pero en lugar de beber leche sacó del bolso de su mono una botella de zumo de naranja de Brasil, en un gesto de patriotismo que no fue bien recibido en absoluto. Los aficionados americanos abuchearon la escena, y la prensa deportiva del país trató el episodio como una falta de respeto a una tradición centenaria.
El propio Fittipaldi reconoció años después que fue un error de cálculo: no comprendió la profundidad emocional que los americanos atribuyen a esa tradición. “Cometí un error. Debería haber bebido la leche”, admitió en entrevistas posteriores. El episodio quedó como un ejemplo de la importancia de respetar las tradiciones locales incluso cuando no se comparten.
La leche como símbolo
Más allá de la anécdota, la tradición de la leche del Indy 500 ilustra perfectamente el carácter de esta carrera: profundamente americana, arraigada en su historia, sin concesiones a la modernidad cuando la modernidad no aporta nada. En un mundo donde las tradiciones del deporte se erosionan constantemente ante las presiones del marketing y la globalización, el Indy 500 sigue entregando una botella de leche fría a su ganador. Y los aficionados lo agradecen.