Ryoko Tani —conocida en sus primeros años de carrera con el apellido de soltera Tamura— nació el 6 de septiembre de 1975 en Wakayama, Japón. En un país donde el judo es casi una religión, ella se convirtió en la practicante más admirada de su generación y en una de las deportistas más populares de la historia japonesa. Sus victorias no solo llenaban de orgullo a los aficionados al judo: llegaban a millones de japoneses que apenas seguían el deporte pero que habían adoptado a “Yawara-chan” como símbolo nacional.
El apodo de un manga y la realidad de una campeona
El apodo no surgió de la nada. Cuando la joven Tamura comenzó a triunfar en el judo internacional siendo casi una adolescente, los japoneses enseguida la compararon con Yawara Inokuma, la protagonista del manga y anime “Yawara!” de Naoki Urasawa, que retrataba a una chica de aspecto frágil dotada de un talento sobrenatural para las artes marciales. La comparación era perfecta: Tani, menuda y con una sonrisa perpetua fuera del tatami, se convertía en una máquina imbatible una vez dentro de él.
Su carrera comenzó a nivel internacional en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, donde con dieciséis años ganó la medalla de plata —la categoría de menos de 48 kilos era nueva en el programa olímpico—. Era el inicio de un recorrido olímpico sin precedentes en el judo femenino: cinco Juegos Olímpicos consecutivos, del 92 al 2008.
Una racha sin precedentes
Entre sus múltiples logros, la racha de 84 victorias consecutivas que acumuló en los años centrales de su carrera es quizás el indicador más claro de su dominio absoluto. Durante años, ninguna judoka del mundo fue capaz de vencerla. Ganó cinco títulos mundiales, dos de ellos en las olimpiadas de Sídney 2000 y Atenas 2004 que fueron el apogeo de su carrera, y acumuló victorias en prácticamente todos los torneos del circuito internacional que disputó.
Su estilo era una combinación perfecta de técnica impecable —dominaba un repertorio amplísimo de proyecciones y técnicas de suelo— y una resistencia física extraordinaria que le permitía mantener el nivel durante todos los combates de un torneo sin perder ni un gramo de eficacia. En los combates más disputados, cuando la técnica sola no bastaba, aparecía su determinación: Tani no sabía rendirse.
Los Juegos de Pekín 2008 y el cierre de un ciclo
En Pekín 2008, con treinta y dos años, Ryoko Tani llegó a por su tercer oro olímpico. No lo consiguió —cayó en la final ante la francesa Giulia Quintavalle y tuvo que conformarse con la plata—, pero su presencia en el tatami olímpico por quinta vez consecutiva fue en sí misma un logro monumental. Ninguna otra judoka ha participado en tantas ediciones de los Juegos como ella.
Se retiró poco después, en 2009, con un palmarés que muy pocos deportistas individuales de cualquier deporte pueden igualar. Sus dos oros olímpicos, cinco títulos mundiales y la plata de Pekín definen una carrera de diecisiete años al más alto nivel.
Una figura más allá del tatami
El impacto de Ryoko Tani en la cultura japonesa trasciende ampliamente el deporte. Fue portada de revistas, protagonista de anuncios publicitarios y un símbolo de la feminidad activa y competitiva en una sociedad que estaba procesando cambios profundos en los roles de género. Demostró que una mujer podía ser a la vez delicada y feroz, simpática y despiadada en la competición. Su legado en el judo femenino mundial es simplemente inconmensurable.