En el programa olímpico actual hay tres disciplinas de lucha: lucha grecorromana, lucha libre masculina y lucha libre femenina. La coexistencia de dos estilos masculinos tan similares y sin embargo tan distintos tiene una explicación histórica fascinante que dice mucho sobre cómo se construyó el deporte moderno.
Dos tradiciones, dos mundos
La lucha grecorromana nació en Europa, específicamente en Francia, durante la primera mitad del siglo XIX. Los organizadores de espectáculos circenses y los atletas que competían en ferias y exposiciones codificaron un estilo de lucha inspirado en la Antigüedad clásica que prohibía los agarres por debajo de la cintura. Este estilo se extendió por toda Europa central y del norte, y fue adoptado como el estilo “oficial” de lucha deportiva en el continente.
La lucha libre tiene su origen en la tradición anglosajona y norteamericana, donde la lucha popular permitía agarrar al rival por las piernas. En Estados Unidos, la lucha libre (llamada catch-as-catch-can en sus primeras formas) era el estilo practicado en los estados rurales, donde se organizaban competiciones en granjas y ferias sin las restricciones del estilo europeo.
Cuando Pierre de Coubertin organizó los primeros Juegos Olímpicos modernos en Atenas 1896, la lucha grecorromana fue el estilo incluido en el programa, reflejo del eurocentrismo cultural del movimiento olímpico fundacional.
Los Juegos de St. Louis 1904: la lucha libre entra en escena
Los Juegos Olímpicos de St. Louis 1904 fueron los primeros celebrados en Estados Unidos y fueron también los primeros en incluir la lucha libre. Los organizadores norteamericanos, que no tenían tradición en la lucha grecorromana pero sí en el estilo libre, pusieron en el programa su propio estilo. Fue la primera y durante mucho tiempo la única vez que los Juegos de un continente incluyeron el estilo local a expensas del estilo “clásico”.
Desde entonces, ambos estilos coexistieron en el programa olímpico. La lucha grecorromana se mantuvo como el estilo “europeo” y la libre como el “americano”, aunque en la práctica los países del Este de Europa también desarrollaron grandes tradiciones en la lucha libre.
¿Por qué no unificar los dos estilos?
A lo largo del siglo XX hubo debates recurrentes sobre si mantener los dos estilos o unificarlos en uno solo. Los argumentos a favor de la unificación señalaban que tener dos estilos casi iguales diluía el valor de los títulos y complicaba la comunicación del deporte al público general. Los argumentos contrarios destacaban que cada estilo tiene su tradición, su comunidad de practicantes y su identidad propia.
El debate se avivó especialmente durante la crisis de 2013, cuando el COI amenazó con eliminar la lucha del programa olímpico. Algunos propusieron entonces fusionar los dos estilos masculinos en uno para liberar espacio para la lucha femenina. Esta propuesta no prosperó, y la solución adoptada fue mantener los dos estilos masculinos mientras se aumentaba el número de categorías femeninas.
La identidad de cada estilo
Más allá de la regla sobre las piernas, los dos estilos de lucha olímpica han desarrollado identidades culturales propias. La lucha grecorromana es vista como el estilo más “clásico” y “europeo”, con una estética basada en las grandes proyecciones y los suplex espectaculares. La lucha libre es percibida como más dinámica y de mayor diversidad técnica, con entradas desde muy diversas posiciones.
Los países que dominan cada estilo también difieren en parte: aunque Rusia y las repúblicas del Cáucaso dominan ambos estilos, en la lucha libre hay una presencia mayor de países como Irán, Cuba, India y Mongolia que tienen menor tradición en la grecorromana. Esto da a la lucha libre un carácter algo más global y menos concentrado geográficamente.