En la historia olímpica de la lucha, hay hitos que se repiten —tres oros consecutivos, nueve títulos mundiales, décadas de dominio— y hay uno que es absolutamente único: ganar el oro en lucha grecorromana y en lucha libre en los mismos Juegos Olímpicos. Solo un atleta ha logrado esa hazaña en toda la historia olímpica: el sueco Ivar Johansson, en Los Ángeles 1932.
El contexto: la Suecia luchadora de principios del siglo XX
Suecia es uno de los países con mayor tradición en la lucha olímpica. A lo largo del siglo XX, los suecos produjeron generaciones de luchadores de élite que dominaron los campeonatos europeos y olímpicos en distintas épocas. Esta tradición tiene sus raíces en la cultura atlética escandinava —con un fuerte énfasis en los deportes de fuerza y combate— y en un sistema de clubs y competiciones nacionales que desde finales del siglo XIX generaba luchadores de alto nivel.
Ivar Johansson nació en 1903 en Norrköping y creció en este entorno. Su talento para la lucha se manifestó pronto: tenía la combinación de fuerza, agilidad y inteligencia táctica que los mejores luchadores necesitan, y su progresión hacia el nivel élite fue relativamente rápida.
La diferencia entre los dos estilos
Para entender la magnitud de lo que consiguió Johansson en 1932, es necesario comprender cuán distintos son los dos estilos de lucha olímpica.
La lucha grecorromana prohíbe estrictamente el uso de las piernas para agarrar al rival y no permite ataques por debajo de la cintura. Los combates se desarrollan principalmente en posición de pie y en el suelo usando solo la parte superior del cuerpo. El resultado es un estilo que premia la fuerza de agarre, la técnica de los proyectiles (derribos) y la capacidad de mantener la posición de ventaja sobre el mat.
La lucha libre permite agarrar cualquier parte del cuerpo del rival, incluyendo las piernas. Esto crea un estilo completamente diferente: más dinámico en las posiciones de pierna, con más opciones técnicas y con un énfasis diferente en los derrumbes y las posiciones de control en el suelo.
Un luchador de élite en uno de los estilos tiene un punto de partida más avanzado para aprender el otro, pero el salto de ser bueno a ser el mejor del mundo en los dos estilos es casi incomprensible en términos atléticos. Los músculos que se usan, los reflejos que se desarrollan y la mentalidad táctica que requiere cada estilo son suficientemente distintos como para que la especialización en uno sea la norma y el dominio de los dos sea la excepcionalísima excepción.
Los Juegos de Los Ángeles 1932: la hazaña
En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932, Ivar Johansson compitió en las dos disciplinas. No como participante que espera llegar lejos, sino como favorito en su categoría en ambas.
En lucha grecorromana, categoría de medianos (peso medio), Johansson ganó el oro olímpico dominando a sus rivales con la autoridad de un luchador en el máximo de sus facultades. Su técnica en la modalidad clásica no dejó dudas sobre su superioridad.
En lucha libre, en la categoría correspondiente, repitió el resultado: oro olímpico. El mismo atleta, en los mismos Juegos, campeón olímpico en los dos estilos de lucha.
La hazaña fue reconocida inmediatamente como excepcional. Los observadores que estuvieron presentes en Los Ángeles eran conscientes de estar viendo algo que difícilmente volvería a ocurrir.
Los Juegos de Berlín 1936
Cuatro años después, en Berlín 1936, Johansson volvió a los Juegos Olímpicos y ganó un tercer oro, esta vez en lucha libre. Tres oros olímpicos en dos estilos distintos, dos de ellos en los mismos Juegos.
Su palmarés en los Campeonatos de Europa y en otras competiciones internacionales de la época confirman que Johansson no fue un campeón de un solo año: fue uno de los mejores luchadores del mundo durante toda la primera mitad de la década de 1930.
El legado único
Ivar Johansson murió en 1979, dejando un legado olímpico que ningún otro luchador ha podido igualar. Su doble título olímpico en Los Ángeles 1932 permanece como uno de los logros más singulares de la historia del deporte olímpico, no solo de la lucha. En un siglo de historia olímpica de la lucha, con cientos de campeones en docenas de categorías y ediciones, nadie ha repetido lo que Johansson hizo en 1932. Eso es, por sí solo, la medida de su grandeza.