En la historia del deporte hay rachas de dominio que parecen imposibles: la de Wayne Gretzky en hockey, la de Steffi Graf en tenis, la de Muhammad Ali en boxeo. Pero pocas igualan en su magnificencia —y en su final dramático— la de Alexander Karelin, el luchador soviético y ruso que durante trece años no conoció la derrota.
El hombre que no perdía
Alexander Karelin nació en 1967 en Novosibirsk, Siberia. Con 1,91 metros de altura y más de 130 kilos de músculo, su presencia física era intimidante. Pero Karelin no era solo un coloso: era también un técnico extraordinario, inventor de la llamada «llave de Karelin» o reverse body lift, una técnica de proyección desde el suelo que consiste en levantar al rival de la posición de control en el suelo y proyectarlo por encima, dándole la vuelta, para conseguir puntos o el caído. Era casi imposible de ejecutar a nivel olímpico —y sin embargo, Karelin la usaba repetidamente.
Su racha de victorias comenzó en 1987 y se extendió, sin interrupción, hasta el 27 de septiembre de 2000 en el estadio de lucha de los Juegos Olímpicos de Sídney. En esos trece años ganó:
- 3 medallas de oro olímpicas (Seúl 1988, Barcelona 1992, Atlanta 1996).
- 9 títulos mundiales consecutivos.
- 12 títulos europeos.
Su dominación era tan total que muchos rivales se rendían psicológicamente antes de empezar el combate. El mero nombre de Karelin en el cuadro del torneo cambiaba la actitud de los demás competidores.
Rulon Gardner: el milagro de Sídney
El 27 de septiembre de 2000, Karelin se enfrentó al estadounidense Rulon Gardner en la final olímpica de lucha grecorromana en la categoría de más de 130 kg. Gardner era un granjero de Wyoming que había crecido en una familia con pocos recursos. Su historial era respetable, pero nunca había derrotado a Karelin. Nadie esperaba que lo hiciera.
El combate fue un ejercicio de tensión extrema. Ambos luchadores se conocían bien tácticamente: Karelin sabía que tenía que evitar penalizaciones, Gardner sabía que tenía que sobrevivir sin recibir proyecciones y esperar cualquier oportunidad.
En el segundo periodo, Karelin cometió un error minúsculo pero fatal: perdió el agarre de cuerpo sobre Gardner, lo que le valió una penalización de 1 punto según el reglamento vigente entonces. El marcador quedó 1-0 para Gardner.
Gardner aguantó. Defendió. Y cuando sonó el pitido final, el mundo de la lucha —y el deporte en general— no podía creerlo. Karelin había perdido. Por primera vez en trece años, alguien había vencido al hombre invencible.
El impacto cultural de la derrota
La derrota de Karelin ante Gardner es considerada uno de los mayores upsets (sorpresas) de la historia del deporte olímpico. Las imágenes de Gardner celebrando, con lágrimas en los ojos, mientras Karelin bajaba de la colchoneta por primera vez como perdedor, dieron la vuelta al mundo.
Años después, Gardner protagonizó un documental (Rising from Ashes, 2011) sobre su vida y la victoria olímpica. Karelin, por su parte, se convirtió en un símbolo de la dignidad en la derrota: aceptó el resultado sin excusas y con la sobriedad de un campeón que sabe que perder forma parte del deporte.
La racha de Karelin sigue siendo, décadas después, un punto de referencia para cualquier conversación sobre la dominación en el deporte. Trece años sin perder en el deporte de combate individual más exigente del mundo. Una marca que probablemente nadie igualará jamás.