El luge ostenta un título que pocas disciplinas pueden reclamar: es el deporte más rápido de los Juegos Olímpicos de Invierno, y uno de los más veloces de toda la competición olímpica. Mientras un velocista sprint alcanza algo menos de 45 km/h en los 100 metros, un lugeur puede superar los 140 km/h durante varios segundos en el tramo más rápido de la pista, en posición horizontal, con la cabeza a menos de 30 centímetros del hielo.
La física del luge favorece la velocidad de forma única entre los deportes de deslizamiento. La posición boca arriba reduce la resistencia aerodinámica frontal al mínimo absoluto: el atleta y el trineo forman una silueta casi perfectamente horizontal, con una sección transversal al aire considerablemente menor que la de un bobsleigh o incluso que la de un skeleton. El trineo, diseñado con patines de acero pulido sobre hielo refrigerado, tiene un coeficiente de rozamiento extremadamente bajo. La combinación de masa, pendiente y aerodinámica resulta en aceleraciones que llevan al trineo de una velocidad inicial de 20-30 km/h en la salida hasta más de 130 km/h en los primeros 400 metros. En la pista de Whistler, con su diseño específicamente favorable a la velocidad y su mayor longitud, se han registrado velocidades que superan los 154 km/h.
Vivir esa velocidad desde dentro del trineo es una experiencia que los lugeurs describen como difícil de comparar con cualquier otra sensación deportiva. A 140 km/h, el viento silba con una intensidad que penetra a través del casco, el paisaje de las paredes del canal se convierte en un borrón blanco indiferenciado, y cada microsegundo cuenta. Las curvas más pronunciadas generan fuerzas de hasta cinco veces la gravedad, aplastando al atleta contra la plataforma del trineo con un peso equivalente a cinco veces el suyo propio. Y todo esto mientras el atleta mantiene la concentración necesaria para aplicar las correcciones de guía en los milisegundos exactos en que son necesarias.