En casi 60 años de historia olímpica del luge, ninguna nación se ha acercado siquiera al dominio que Alemania ha ejercido sobre esta disciplina. Si se suman los palmareses de la República Democrática Alemana (hasta 1988), la República Federal Alemana y la Alemania reunificada (desde 1992), el resultado es un medallero tan desequilibrado que convierte al luge en uno de los deportes donde la supremacía de un país resulta más difícil de discutir.
Los cimientos de este dominio se construyeron durante la Guerra Fría. La RDA convirtió el luge en uno de sus deportes emblema: construyó pistas de primera calidad en el territorio de los Alpes sajones y de Turingia, estableció centros de entrenamiento estatales donde los mejores jóvenes pasaban de la escuela directamente a la formación deportiva de élite, y destinó recursos a la ingeniería y la aerodinámica del trineo que ningún otro país igualaba. El resultado fue que entre 1964 y 1988, los atletas de la RDA ganaron la gran mayoría de los oros olímpicos disponibles. Cuando cayó el Muro de Berlín, el sistema deportivo de la RDA se integró en el alemán unificado, aportando infraestructuras, metodología de entrenamiento y cultura de excelencia que se mantienen hasta hoy.
En la Alemania reunificada, el luge sigue contando con el apoyo de varios landers (estados federados) del sur y del este del país, con instalaciones como las de Berchtesgaden, Oberhof y Königssee. La federación alemana (BSD) invierte en investigación aerodinámica de los trineos, en análisis biomecánico de la salida y en formación de entrenadores especializados. El resultado es una cantera que produce de forma regular atletas de nivel mundial, como Felix Loch, Johannes Ludwig o Natalie Geisenberger, que han seguido la tradición ganadora alemana en el siglo XXI.