Mucho antes de que existieran las pistas artificiales refrigeradas y los trineos de alta tecnología, el luge era simplemente la manera en que los habitantes de los Alpes suizos y austriacos se desplazaban cuesta abajo en invierno: un tablón de madera con dos patines, un cuerpo tumbado y la gravedad haciendo el resto. Esta necesidad práctica fue el germen de uno de los deportes más espectaculares de los Juegos Olímpicos de Invierno.
La primera competición de luge formalmente documentada tuvo lugar en Davos, Suiza, en 1883. El evento fue organizado por turistas ingleses que pasaban el invierno en los Alpes —una práctica muy extendida entre la aristocracia y la clase alta británica de la era victoriana— y que habían adoptado el uso del trineo local como entretenimiento invernal. En aquella primera carrera, los participantes descendían la carretera de Davos a Klosters sentados o tumbados en los trineos locales. La emoción de la competición y las velocidades alcanzadas —modestas comparadas con los estándares actuales, pero asombrosas para la época— demostraron que había terreno para desarrollar un deporte nuevo.
A finales del siglo XIX, el luge comenzó a diferenciarse del tobogán y de otras variantes de deslizamiento. La posición boca arriba con los pies hacia adelante se impuso como la más rápida y, con el tiempo, la Federación Internacional de Luge (FIL) fue estableciendo las normas técnicas que darían forma al deporte moderno. Las primeras pistas específicas para luge se construyeron en los Alpes suizos a principios del siglo XX, y en 1913 se fundó la primera organización que intentó regular el deporte a nivel internacional. El camino hacia el olimpismo seguía siendo largo, pero los cimientos estaban puestos.