El 12 de febrero de 2010, el día antes de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Vancouver, el luge vivió la peor tragedia de su historia olímpica. Nodar Kumaritashvili, un joven lugeur georgiano de 21 años que participaba por primera vez en unos Juegos Olímpicos, murió durante un entrenamiento oficial en la pista de Whistler Sliding Centre. El accidente sacudió al mundo del deporte de invierno y forzó una revisión inmediata y a largo plazo de los protocolos de seguridad en el luge.
La pista de Whistler era, y sigue siendo, la más rápida del mundo para los deportes de deslizamiento. Diseñada para los Juegos de 2010 con criterios de máxima velocidad, la instalación canadiense presentaba un perfil extremadamente exigente. En el entrenamiento del día antes de la inauguración, el trineo de Kumaritashvili perdió el control en la curva número 16, la última antes de la llegada, una curva muy rápida y de transición delicada. El atleta fue despedido del canal a gran velocidad y su cuerpo impactó contra los postes de soporte de la estructura metálica que flanqueaba el exterior de la curva. A pesar de los esfuerzos de los servicios médicos de emergencia, falleció minutos después en el hospital.
La respuesta inmediata fue modificar la pista para los Juegos que comenzarían al día siguiente: se colocaron colchonetas de protección, se modificó el perfil del tramo final y se bajó el punto de salida masculino para reducir las velocidades. Las competiciones se celebraron según lo planeado, aunque en un ambiente marcado por el luto. Las consecuencias a largo plazo fueron más profundas: la FIL revisó los estándares de seguridad para todas sus pistas homologadas, reforzando los sistemas de contención, aumentando la altura de las paredes en puntos críticos y estableciendo protocolos más estrictos de habituación a cada pista antes de cualquier competición oficial. La tragedia de Nodar Kumaritashvili se convirtió en un punto de inflexión que hizo al luge más seguro, aunque ninguna medida puede eliminar completamente el riesgo inherente a un deporte que alcanza los 140 km/h.