La posición del cuerpo es el elemento más definitorio del luge como deporte. A diferencia del skeleton, donde el atleta va boca abajo, o del bobsleigh, donde los ocupantes van sentados dentro del trineo, el lugeur desciende tumbado boca arriba con los pies apuntando en la dirección del movimiento. Esta postura no es arbitraria: es el resultado de décadas de evolución técnica en busca de la máxima aerodinámica posible.
En competición, el atleta debe mantener la cabeza echada hacia atrás en todo momento, de modo que la nuca quede prácticamente sobre la parte trasera del trineo. Los brazos reposan a lo largo del cuerpo, pegados a los flancos del trineo para reducir la resistencia frontal al mínimo. Las piernas se extienden rectas sobre los patines del trineo, ligeramente tensas para poder ejercer presión sobre ellos en las curvas. Un lugeur experimentado puede atravesar toda la pista sin alterar visiblemente esta posición, absorbiendo las fuerzas de hasta 5 G en las curvas más pronunciadas sin despegarse del trineo.
El dominio de esta postura requiere años de entrenamiento. No solo se trata de mantener la estabilidad física bajo fuerzas centrífugas enormes, sino también de hacerlo con la musculatura suficientemente relajada para no comprometer el control del trineo. Cualquier tensión innecesaria en los hombros, el cuello o las caderas puede transmitirse al trineo y desviar la trayectoria. Los mejores lugeurs del mundo describen el descenso perfecto como un estado de concentración extrema combinado con una relajación muscular deliberada: tenso solo donde hay que ser tenso, libre donde la rigidez sería contraproducente.